08.02.07
4.1.
- Y con luna llena... – dijo una voz de mujer anciana. Nos dimos vuelta y, efectivamente, había una anciana vestida de negro acompañada de una mujer enana mucho mas joven, renga y estrábica, también vestida de negro. - Sabbath, Sabbath – dijo la enana - Calla, Estevania – dijo la vieja - Mi nombre es Endroto. ¿Ustedes acaban de llegar? ¿Se sienten bien? - Yo me siento bien. ¿Tu Graciana? - Muy bien. ¿Por qué lo pregunta? - Porque hay mucha gente sufriendo aquí de begizko, como se dice - Mal de ollo, mal de ollo, salvo las que tomamos antídoto – repetía frenética Estevania dando vueltas alrededor de nosotros. - Yo no creo en brujerías – dije con falsa seguridad – y ustedes, al igual que nosotros, no parecen ser de aquí. - Eres muy perspicaz joven - dijo Endroto – aunque sería prudente que no hablaras de cosas que no entiendes – recomendó mientras miraba con fijeza la muñeca de Graciana. Yo nací en Zugarramurdi, al noroeste de Navarra. En Logroño el año pasado hubo un auto de fe en el que se quemaron a seis brujas ante 20.000 personas... - Pero una de las brujas no era la verdadera sino una pobre infeliz que la reemplazó...- interrumpió Estevania, aunque detuvo el comentario cuando la mirada de Endroto se le clavó como un par de cuchillos en medio de la frente. - Debemos irnos, tenemos cosas que hacer, estamos invitando a unas amigas a reunirnos en el éjido esta medianoche, si lo desean nos encantaría verlos allí – dijo Endroto y tomó a Estevania de sus ropas y se la llevó arrastrando. Graciana me miró preocupada y comenzó a hablar. - Esas eran brujas Azel, puedo sentirlo. Harán un aquelarre esta noche, ya le han dado mal de ojo a todos los vecinos y moradores. Están preparando algo muy malo y debemos detenerlos. Vayamos donde mi gente, escuche a las lavanderas que cuando cayera el sol se reunirían a bailar y tocar música cerca del río. Ellos nos ayudarán. Cuando llegamos al lugar, la reunión estaba bastante animada a pesar de no ser demasiados, y tocaban sus instrumentos de percusión y algunas mujeres bailaban y reían y servían comida. - Graciana, esto es un quilombo – dije, espontáneamente y sin pensar. - No Azel. Un quilombo era un grupo de negros escapados hacia la selva que recuperaban las costumbres africanas; - y al decir esto vio mi cara de asombro, pero continuó con seguridad- esto es solo una reunión de pacíficos esclavos que en un rato volverán con sus amos. - Graciana, ¿Es posible que tu tengas antepasados blancos? – la verdad, no se por qué pregunté esto. Tal vez porque al verla junto a estos esclavos noté que su piel era levemente más clara. - Durante la colonia se llegaron a clasificar más de cien tipos humanos dentro del esquema de castas. Un español con una india procreaba una mestiza, pero una mestiza con un español daba lugar a una castiza. Un español con negra, producía un mulato , pero un blanco con multa, un morisco. Un blanco con morisca, un albino. Un indio con mestiza, coyote. Negro con india, lobo. Lobo con india, zambaigo. La lista es interminable. Lo peor es que esta clasificación en castas no hacía más que apartarlos y evitar que se integraran, no hacía más que discriminarlos y promover en ellos el deseo de “blanquearse” a cualquier precio. - Lo bueno es que aquí por lo menos, se los trataba bastante bien a los esclavos. - Azel, esto es lo que pasaba en realidad. Antes de comenzar la travesía en África, a los esclavos se les marcaba con un hierro al rojo con la marca del negrero o de la compañía negrera, a los hombres en los omoplatos y a las mujeres en las nalgas. Se producían entonces suicidios, huídas, amotinamientos. Se los alojaba en las bodegas, casi sin espacio y sin ningún tipo de instalación sanitaria. Engrillados, desnudos sobre tablas de madera sin cepillar movidas por el oleaje, se causaba heridas permanentemente y esto les dejaba los huesos al descubierto. Sufrían también reiterados castigos aplicados con látigos de nueve ramales con nudos en las puntas, lo que les provocaba cicatrices y lesiones oculares. Comían poco y mal y enfermaban de viruela, fiebre amarilla, sarna, escorbuto, lepra, disentería y otras enfermedades. Castigos con látigos con nudos en las puntas con nueve ramales. Apenas llegados al puerto se los marcaba al hierro nuevamente con un procedimiento llamado carimba. Y si alguien cree que aquí se los trataba mucho mejor, solo basta con mirar un inventario de cualquier estancia adjunto al testamento de su poseedor dueño de esclavos. Descriptos con la exactitud con la que se detalla el estado de cualquier herramienta, se da cuenta de las penurias por las que pasaron, incluyendo a los esclavos ya nacidos aquí. No crean que por ser esclavos domésticos podrán en todos los casos librarse de estos castigos frecuentes.

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Creado por bwanabeloved
23:33:56