08.02.07
4.0.
Capítulo IV: La Trinidad Caímos contra el suelo polvoriento de una cueva. Cuando salimos, la luz del sol nos lastimaba los ojos. Al levantar la vista, presentí que algo estaba mal. Al mirar a Graciana y ver su expresión lo confirmé. - Esta no es mi Buenos Aires pero tampoco es la tuya...- dije, con decepción. - Esta es La Trinidad, la pequeña aldea de Juan de Garay – completó Graciana, entre el miedo y el asombro – nos equivocamos por 250 años... debemos ser prudentes, espera un momento. Graciana se dirigió sigilosamente hasta la vera del río, donde había varias mujeres negras lavando ropa y “tomó prestadas” (según me diría más tarde) algunas ropas. Las de varón eran bastante lujosas. Las de mujer, similares a las de las lavanderas. Ella se cambió dentro de la cueva y me sugirió que me cambiara tras unos matorrales. Luego nos dirigimos al poblado. No había fosos, empalizadas, puertas ni centinelas. Se veía gente de todas las condiciones sociales yendo a buscar agua al río con vasijas Algunos jinetes dentro de la ciudad, pocas carretas, unos pocos peatones. No había carrozas; lo mas lujoso fue ver una silla de manos en la cual unos esclavos conducían a su ama a la iglesia o de visita a algún lado. El viento alzaba constantemente nubes de polvo, aunque en muchos lugares había lodazales, seguramente formados con la lluvia, muchos de ellos verdaderos pantanos. La tierra de las calles estaba floja, removida por animales que circulaban y con huellas de carretas arrastradas por bueyes, que usaban ruedas chirriantes con llantas de madera envueltas en lonjas de cuero crudo. Mientras caminábamos vimos que algunas se trababan y el conductor debía bajar toda la carga pacientemente hasta poder hacerla avanzar. Había también cadáveres de animales en descomposición, jaurías perros cimarrones, caranchos, chimangos, emanaciones odoríficas de aguas servidas y mosquitos por doquier. Caballos, cerdos y ovejas estaban sueltos, pastando en las calles y huecos y entrando a los templos que tenían sus puertas siempre abiertos. Abundaban los cardales y malezas. Los ranchos eran de barro y paja, salvo algunos mejores que eran de adobe, techados con caña y totora sostenidos por palmas del Paraguay contra las que peligrosamente chocaban las cabezas de los jinetes y carreteros. Se veían pocos herrajes y techos de tejas y exteriores blanqueados, casi ningún vidrio. Las precarias viviendas tenían plantas y frutales y contaban con corral para aves, cerdos y caballos; muchas de ellas tenían una especie de cortina de cuero cerrando las entradas y cercos con enredaderas a la manera de medianeras. Podía verse que la gente alegraba el interior de las moradas con flores y vegetación, tratando de suplir la falta de decoración y el mobiliario escaso Noté que la gente nos miraba con extrañeza y curiosidad; Graciana había solucionado el tema de la ropa pero no así nuestra condición de forasteros. Muchos de ellos se encontraban tomando mate. De repente, comenzaron a ocultar la yerba y a huir en todas direcciones. Parecía que se estuviera por desatar un huracán o hubieran visto al mismo diablo. Fue entonces que vimos aproximarse a dos peculiares personajes; uno lujosamente ataviado, rechoncho y barbudo, que caminaba con gran soltura. Otro lo seguía, flacucho y encorvado, sosteniendo con una mano un estandarte en el cual había una bandera con un escudo compuesto por águila negra coronada con cuatro pichones a sus pies, el cual elevaba una cruz rojo sangrienta en lo alto. En la otra mano cargaba infinidad de pergaminos –algunos se le iban cayendo-, tintero y pluma. - Soy Diego Marín Negrón, Gobernador del Río de la Plata – se presentó el rechoncho – éste es mi secretario López – el susodicho asentía servilmente tras la pila de papeles – y le damos la bienvenida a la Trinidad. ¿Quiénes sois? - Mi nombre es Axel y ella es Graciana - Anote López, para los registros, A-jel - Axel - Ajel, claro - Permítame, dije y le arrebaté nervioso un pergamino y la pluma entintada a López. Axel, escribí - Ajel, lo que yo estaba diciendo – vio entonces el gobernador que me daba por vencido - ¿Desde dónde habéis venido vosotros ? - Deeeee, deeee – miré nerviosamente a Graciana – deeee.... - Asunción – completó Graciana y me pareció que lo mejor era, en adelante, dejarla hablar a ella. - Asunción, la hermosa Asunción. Asunción es hermosa, verdad López ? - Hermosa, hermosa, hermosísima. - Lamento que hayan sido testigos de un triste espectáculo apenas llegados. Los moradores de la Trinidad han sucumbido a un vicio abominable, la costumbre de tomar mate. En los últimos días la mayor parte de la gente ha tenido dolores de cabeza, vómitos, dolor de estómago, erupciones y se debe sin duda al mate. Se trata de un vicio sucio, ¿verdad López? - Sucio, sucio, muy sucio – repetía López como letanía - Tomar mate hace a los hombres holgazanes, que es total ruina de la tierra, y como es tan grande, temo que no se podrá quitar si Dios no lo hace. ¿Qué debemos hacer López, que debemos hacer ? - ¿Que debemos hacer? – decía López imitando el gesto de su jefe - Un bando prohibiendo la costumbre o una carta a Su Majestad el Rey, informándole de este infortunio. - Si su Excelencia, si su Excelencia – decía López mientras dejaba caer el estandarte de la ciudad en una zanja y mientras trataba de tomar pluma y tintero los papeles volaban en remolino a su alrededor – ¡Que vecinos y moradores no tomen mate! - No lo diga, López, escríbalo – refunfuñó el gobernador. - Si, si, si, si. - Mis amigos, debemos dejarlos. El gobierno es una tarea que insume las 24 horas del día. Las 800 almas que pueblan La Trinidad lo merecen - Ochocientas ? - pregunté - Ochocientas aunque no lo crean. La Trinidad ha crecido muchísimo en los últimos años – Tenemos Cabildo, dos alcaldes y seis regidores, mas funcionarios especiales. Todos bajo control del Consejo de Indias, del Virrey del Perú, de la Audiencia de Charcas - dijo el gobernador y comenzó a alejarse - Gobernador, gobernador, que día exactamente es hoy y de que año? – preguntó Graciana a los gritos - ¡Qué extraña pregunta! Viernes 31 de Octubre de 1611, naturalmente – y entonces si, el gobernador y su secretario se alejaron. Graciana y yo nos miramos a los ojos desconcertados, cuando escuchamos una voz a nuestras espaldas.

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Creado por bwanabeloved
23:35:14