08.02.07
3.2.
Pasemos a los animales de esta Tierra de Seres Imaginarios. Se trataban entre sí con absoluta indiferencia, cada cual absorto en su propia circunstancia. Al fin y al cabo, era una réplica inversa del zoológico que estaba en la superficie, aunque no hubiera jaulas. Pero aquí los animales no habían sido cazados con escopetas, sólo con la imaginación. Sin embargo, se veían completamente reales. Lo primero que vi fue un Ave Roc, luego supe que se llamaba así. Parecía un águila gigante y estaba atrapada entre dos árboles. Se estaba lastimando al sacudirse con furia tratando de liberarse. Nos dio mucha pena y con Graciana nos subimos a esos árboles y con mucha paciencia, apartando rama tras rama, luego de un buen rato, logro escapar. Antes de partir me miró y juro que fue telepático, aunque ustedes piensen que enloquecí, así fue. Me dijo gracias y que silbara si necesitaba algo, que vendría en mi ayuda. Un ángel se nos acercó y dijo: - Su buena obra merece una recompensa - ¿Cual es tu nombre?- pregunté - Juan y María – contestó claramente y frente a mi extrañeza agregó que dos personas que se habían amado en la tierra forman un solo ángel. Es tonto, pero pensé en mis padres. Ellos se habían amado en algún momento, antes de separarse. ¿ Conformarían un ángel algún día ?. Juan y María continuó: - Y ya que estas tan interesado en los nombres los premiaré de este modo: les diré como se llaman los seres imaginarios que nos rodean. Y entonces comenzó a enumerar, señalándolos sólo con su mirada. A bao a qu, Quimera, Liebre lunar, Escila. Catoblepas, Burak, Khumbaba. Cronos, Leucrocotas, Arpías. Continúo nombrando los animales más fabulosos que las más delirantes mentes pudieran haber febrilmente imaginado. Eran decenas y se movían en procesión, en sentido inverso a las agujas del reloj, alrededor de nuestro flotante destino. El desfile entonces, cíclico, no tendría fin. Cuando terminó de nombrar al último y el A bao a qu volvía a acercarse, calló. Graciana y yo nos miramos y lo miramos, agradecidos. Le preguntamos que podíamos darle a cambio del conocimiento que nos había entregado. Sólo nos pidió una cosa, que le contáramos un relato acerca del odio. Los ángeles son todo amor y no comprenden el odio. Supe que era momento de dar un paso al costado, zapatero a tus zapatos. Graciana se sentó sobre una roca turquesa y con la certeza de haberlo hecho en cien ocasiones antes, comenzó su relato: Cerca del Paraná, en el año 1500, los españoles fundaron el fuerte de Sancti Spiritu, aprovechándose de la docilidad de los indios Timbúes. En realidad, gran parte de esta alianza comenzó a basarse en cierto momento en que su cacique, Marangoré, quien estaba enamorado de Lucia Miranda, esposa del conquistador Sebastián Hurtado. Pero Siripo, hermano de Marangoré, lo convenció de atacar a los españoles. Es así que provocaron un incendio en el fuerte, durante el cual Marangoré murió y Siripo, ahora convertido en cacique, se apoderó de Lucía, reclamando el extermino de los conquistadores para vengar la muerte de su hermano. Yara, la india favorita de Siripo, vió sin poder hacer nada como éste se enamoraba de Lucía y comenzó a preparar sus hechizos para evitar que la situación continuara. Hurtado llegó a la tribu bajo otra identidad, pero luego de retirarse Siripo descubrió quien era en realidad y mandó matarlo. Lucía enfrentó a Siripo y le pidió que la hiera en medio de su pecho, pues allí encontraría sin dudas a su marido a quien no había dejado de amar. Cuando éste cae prisionero, ambos pudieron escapar pero Yara los descubió y Siripo ordenó que acribillaran a Hurtado a flechazos atado a un árbol y que mandaran quemar a Lucía en la hoguera. Siripo murió de tristeza luego de dar la orden y la bruja Yara, llena de odio, se comunicó con los demonios para obtener la inmortalidad y el poder necesario para consumar su doble venganza: primeramente, lanzar una maldición sobre Lucía mientras aun ardía en la hoguera, para que a pesar de las llamas ésta nunca muriera en tanto el odio siguiera haciendo latir el corazón de la bruja y que como una muerta-viva vagara castigada por toda la eternidad. Luego, exterminar a los blancos, que aunque se habían retirado del fuerte las profecías decían que en pocos años volverían para fundar la ciudad que dominaría el Río que los conquistadores llamaban De la Plata o Mar dulce. Juan y María, entre conmovido y horrorizado, agradeció y se alejó grácilmente. Nosotros debíamos continuar nuestro camino. Finalmente habíamos llegado a casi tener ese alfajor galáctico por sobre nuestras cabezas. Si las diferentes épocas estaban representadas por las capas de dos metros que parecían dulce de leche (sin duda el mayor invento de la humanidad, mejor incluso que Internet) ¿como sumergirnos en ese plasma amarronado que flotaba a más de veinte metros de altura, casi chocando con el techo de la gigantesca caverna? Y aunque pudiéramos alcanzarlo, ¿cuál de las capas elegir?. En ese momento, recordé una anécdota que me contaba mi papá cuando yo era muy chico, antes de dormir. El me contaba del descubrimiento de Troya y me decía que había muchas Troyas, varias de ellas, apiladas una sobre otra ¡ Cómo el hojaldre, ahora entiendo !. A mayor profundidad, mayor antigüedad. Hice un rápido cálculo mental. Quinientos años de ciudad, tantas capas, 1850, debía ser el antepenúltimo relleno, el de arriba del todo debía ser el mío (pero de cualquier modo no podría retornar antes de haber cumplido mi misión). Decidido esto estaba el problema mayor. ¿ Cómo subir ? Recordé el ofrecimiento del Ave Roc y me llevé los dedos a la boca y silbé ruidosamente. María se dio cuenta de lo que me proponía y quiso alejarse pero era tarde para ella, yo estaba completamente determinado. Tomé su mano y un segundo después la enorme ave nos había elevado con sus garras asiéndose de nuestros hombros. Intenté señalar la capa que creía correcta, no se si el ave lo vió, pero con un balanceo nos arrojó violentamente contra el plasma.

-
Creado por bwanabeloved
23:36:58