Bajo la ciudad por Héctor Horacio Otero

Es una blogonovela corta, juvenil, de genero fantastico. La segunda parte de mi libro "Aguada, el nacimiento de un guerrero" (Buenos Aires, Mondragón, 2004) hectorhoraciootero@gmail.com

Bajo la ciudad por Héctor Horacio Otero

Es una blogonovela corta, juvenil, de genero fantastico. La segunda parte de mi libro "Aguada, el nacimiento de un guerrero" (Buenos Aires, Mondragón, 2004) hectorhoraciootero@gmail.com
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08.02.07

3.1.

Es muy difícil describir donde estábamos. Mi tía Úrsula me contaba de pequeño cuentos acerca del mundo subterráneo de Agartha, siempre me había fascinado. Si existe, debía ser algo similar a lo que mis ojos veían. Hasta ese momento, una de las cosas que más me había intrigado del recorrido eran las antorchas encendidas ambos lados del camino, incluso durante nuestro periplo fluvial. ¿ Quién las había colocado allí ? Y más extraño aún. ¿ Cómo se mantenían encendidas, alguien se ocupaba ? Como solo había tratado con la mujer arácnida del principio –que estaba recluida- y el sicofante – a quien no le veía vocación de maestranza – realmente el asunto me tenía curioso. Aunque pensándolo mejor, se el tiempo no existía allí, ¿ por qué habrían de consumirse las antorchas ?. La explicación que me di a mi mismo es que probablemente habían sido colocadas en tiempos remotos por quienes habían horadado la piedra para crear el laberinto de túneles y que la particular circunstancia del no-tiempo que nos rodeaba las había convertido en flamas eternas. Volvamos a Agartha o su símil porteño, como prefieran. Nos encontrábamos en un recinto enorme, imposible de concebir en un ámbito subterráneo salvo que creyéramos que la Tierra es hueca. El techo o aquello que se asemejaba a éste estaba a decenas de metros de altura. Era otro mundo dentro del mundo. El movimiento de multitud de animales y la profusión de vida vegetal eran impactantes. Pero aquí no había antorchas. Y naturalmente, tampoco había un cielo. Si uno miraba hacia arriba, veía un océano de estalactitas. Pero no estaban formadas por agua caliza o hielo. En realidad eran transparentes, de un metro de largo y parecían estar hechas de algún tipo de cristal y tenían una sustancia que circulaba por dentro. Lo único que se me ocurre para compararlas es la lámpara de lava de mi madre, de su rincón kitsch. Es su lugar favorito para cuando se deprime. Se sienta en un sillón de plástico azul eléctrico inflable y se descalza. Se perfuma con una horripilante y persistente esencia llamada Patchouli. Previamente, apaga las luces y enciende su lámpara de lava. Pone un disco de Donna Summer para crear el ambiente adecuado. Se mira antes al espejo y comienza a hacer morisquetas estirándose los pliegues de la piel hacia los lados, como si fuera una máscara, borrando sus patas de gallo, las que en otro momento asegura no tener, y comienza a pararse el pelo subiendo y bajando los dedos, estirándose un mechón, algo que llama “Afro”. Llena una pecera con pochoclo enmantecado y salado. Dice que ahí criaba Sea Monkeys y créanme, les juro por mi vida que nunca intentaré averiguar más sobre el asunto que lo que acaban de leer. Y luego, aparte de comer, sólo fija su vista en la dichosa lámpara. En síntesis, en estas ocasiones se pone como mi papá durante las batallas de caballeros medievales, mejor dejarla sola. Los padres son seres muy extraños. A veces, hasta parecen personas. Volvamos a mi relato, iluminado por un mar de lámparas de lava anaranjada, coagulándose y descoagulándose caprichosamente. Se que es raro que en este punto recordara mi clase de biología, pero lo primero que me pregunté es si se trataría de un ecosistema. ¿ Estos seres se comerían entre si o consumirían a las plantas ? De repente deseché la idea. Eran seres imaginarios, sin duda, no necesitaban comer, la mujer quemada había querido asustarme o no lo había pensado bien. Había muchos árboles, arbustos, lianas y claveles del aire colgando. Hongos descomunales, parásitos extraños sobre los troncos. Estanques que parecían de mercurio. El olor también era muy peculiar, olor a vainilla por momentos, a agua de azahar el minuto siguiente y sin solución de continuidad, a praliné. El tema de las plantas merecería un libro aparte. Sus hojas y tronco tenían la textura del terciopelo. Me llamo la atención que el color predominante de las flores era negro, completamente negro. Tengo entendido que se cuentan con los dedos de una mano las flores completamente negras, que son rarísimas, muy escasas y exóticas. Sin embargo, aquí había docenas diferentes de variedades de este color. Acampanadas, orquídeas y hasta margaritas. Predominaban las rosas negras. Ya se que hay rosas que llaman “negras”, es como llamar a cierto tipo de gatos “azules”. Se trata solo de un escarlata ennegrecido. Estas eran negras como la noche más profunda. Conozco más de un jardinero que hubiera asesinado por ellas. ¿ Habría un jardinero aquí ? Estoy seguro que ustedes hace rato que vienen pensando algo. Con mis trece años, como podía permanecer en general tan tranquilo y seguro en esta aventura. En realidad, de tranquilo y seguro no tenia nada, tenia las piernas completamente contracturadas, caminaba como en zancos. Temblaba la mayor parte del tiempo. Recordaba a mis padres y se me caía una lágrima y la borraba de mi cara inmediatamente para que nadie me viera. En realidad, estaba aterrorizado. Tartamudeaba y vacilaba mucho más de lo que admitiría. Y haber llegado a este punto era casi un milagro impulsado por la necesidad. A decir verdad, había sentido la necesidad de gritar y salir corriendo en varias oportunidades. No se a dónde, a cualquier lugar fuera de allí que remotamente se asemejara a mi vida anterior. No tengo pasta de héroe, para que vamos a mentir. ¿ Por qué esta confesión si tal vez había engañado a alguno de ustedes y el resto pudiera tal vez olvidar este tema antes de terminar de leer mi relato ? Lo hice porque sino no se comprendería que ocurrió cuando me acerqué y olí una rosa negra. Digo bien olí, Graciana se negó a hacer lo mismo y luego me daría cuenta que no le hacía falta. El efecto fue embriagante. No estoy usando un eufemismo, me embriagué. Alguien me explicó alguna vez que el miedo se controla y el pavor no. A partir de este momento sentí miedo en varias ocasiones, pero nunca más sentí pavor. ¿ Han sentido la sensación de estar embriagado de uno mismo ? Es como si todas las piezas del rompecabezas se ubicaran en su lugar. Es como si uno alcanzara un sentido de mismidad. No creo que exista una palabra que pudiera describir el don que había recibido. Miré a Graciana y sentí que a ella, por sólo ser parte de la situación como espectadora, le pasaba lo mismo, por primera vez había alejado a la muñeca de su cuerpo. De ahora en adelante, a pesar de los traspiés y las dificultades, haría lo que tenía que hacer o cuanto menos lo intentaría con toda mi alma.
  • Creado por  bwanabeloved Creado por bwanabeloved
  • Posteado en 23:38:43
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