Bajo la ciudad por Héctor Horacio Otero

Es una blogonovela corta, juvenil, de genero fantastico. La segunda parte de mi libro "Aguada, el nacimiento de un guerrero" (Buenos Aires, Mondragón, 2004) hectorhoraciootero@gmail.com

Bajo la ciudad por Héctor Horacio Otero

Es una blogonovela corta, juvenil, de genero fantastico. La segunda parte de mi libro "Aguada, el nacimiento de un guerrero" (Buenos Aires, Mondragón, 2004) hectorhoraciootero@gmail.com
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08.02.07

1.0.

Capítulo I: Entre esqueletos “Hasta ahora, la arqueología buscaba objetos indígenas, que suelen estar trabajados con una técnica de enrollado. Pero en 1988 apareció algo que no se podía explicar dentro de esa tradición: en la orilla del lago de Palermo desenterraron un muñeco vudú. Estaba ahorcado con un pedacito de soga, que se deshizo con el primer contacto. Una astilla de hueso le atravesaba el corazón. El destinatario de ese maleficio llevaba ya muchos años bajo la tierra como el muñeco...” Diario Clarín, 24 de Agosto de 1997 Siempre me gustó el Parque Lezama. Acompañar a mi papá en sus expediciones arqueológicas durante mis vacaciones se había convertido en algo habitual. Abandonar por un ratito la comodidad del departamento en el cual vivía con mi mamá, para dirigirme hacia el interior del país, hacia la aventura. O al menos eso era lo que pensaba en un principio. Porque en realidad el trabajo de arqueólogo no se parece en nada a lo que se ve en las películas. Son días y días de largas jornadas en lugares inhóspitos y de clima durísimo. Mucho caminar, mucho demarcar el terreno. Comenzar lentamente a excavar, tomar notas y fotos, encontrar pedacitos de cerámica, puntas de flecha. Uff!. Siempre me gustó el Parque Lezama. Cuando mi papá me contó que se había incorporado a un grupo de arqueología urbana que excavaría allí durante las vacaciones de invierno, me puse muy contento. Cuando me aburriera de observarlos cavar, podía encontrar chicos para jugar sin alejarme de ahí. Que mi papá trabajara tranquilo, yo pensaba llevar el skate y los rollers que me habían regalado cuando cumplí trece años, hacía poquito tiempo. Porque este parque tiene mucho verde, pero también tiene mucho cemento, caminitos, un anfiteatro; en fin, desniveles, quien puede pedir más. Y me sacaba de encima a mi vie..., a mi mamá. La estoy oyendo, “viejos son los trapos”. Ella me banca todo el año, así que un poco de relax con las amigas no le va a venir mal. Últimamente ella y papá se toleran un poco más, ya no discuten (al menos frente a mí). Eso no quiere decir que les encante estar juntos mucho tiempo, el asunto es más bien tipo delivery, mi mamá llega con el auto, yo me bajo, ambos cabecean silenciosamente y el coche parte raudamente. Yo lo quiero mucho a mi papá, pero admitamos que es medio denso. El pasado lo es todo para él y no tiene demasiada idea del presente. Y nació, creció y vive rodeado de libros. Y habla “en difícil”. Y se apasiona cuando habla de lo que le gusta; eso, a veces, me llega a emocionar. El secreto es dejarlo expresarse un rato; uno tiene que poner cara de que escucha atentamente y con eso se conforma. Esta vez la explicación tenía un poco más de sentido, por lo novedoso de la experiencia para mí. “No sólo se practica la arqueología en espacios abiertos –comenzó a decir gravemente y mirándome a los ojos- también puede llevarse a cabo en ciudades y con más razón en una urbe como la nuestra que tiene más de cuatrocientos años de antigüedad”. La verdad, me tenté con lo de urbe, no tengo idea de que es, pero me suenan a ubre, así que disimulé la gracia que me hizo, tosiendo. Lejos de interrumpirse, continuó: “Y en este caso, estamos buscando el primer asentamiento de Buenos Aires, que dataría de 1536. Encontrarlo sería inefable”. Bueno, lo de “inefable” fue lo último. Casi me liberó con eso (cuanto menos en esta ocasión, por el lugar donde nos encontrábamos, no podría mandarme a buscar en el diccionario el significado de las palabras que no entendía, lo cual percibía en mi mirada puesto que yo no decía ni pío al respecto). Sólo un último capricho más y ya estaría el asunto. Me había regalado una edición encuadernada de “Sobre héroes y tumbas” de Ernesto Sábato. Un mamotreto de no se cuantos cientos de páginas del cual me dijo que sin duda me gustaría porque tenía que ver con esta plaza. Luego de darle un beso, me alejé con el libro bajo un brazo -ya cansado de sostenerlo-, los rollers colgados del cuello y el skate bajo un brazo.
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1.1.

Entre nosotros, que no salga de aquí, admitamos es fácil hacer que uno leyó un libro. Se busca la sinopsis en Internet y listo, por si alguien pregunta. Si el que averigua es muy perspicaz, basta con alquilar la película en el videoclub y verla, acelerando frecuentemente. Ahora que lo pienso, tendría este libro película?. Hasta que llegara el interrogatorio, sólo había que ir corriendo de página el señalador, sin exagerar nuestra capacidad de lectura. El señalador sinceramente me gustaba, también me lo había regalado papá. Un listón de cartulina con unos barcos antiguos sobre el que estaba escrito un poema de Borges (Uds. no me pueden ver, pero me estoy parando. Mi viejo siempre lo hace cuando dice “Borges”, se para, no importa si esta comiendo o haciendo lo que fuera. Yo lo hago también, es como un chiste familiar). Recuerdo su cara de felicidad cuando se enteró que lo había memorizado. “Y fue por este río de sueñera y de barro, que las proas vinieron a fundarme la patria? Irían a los tumbos los barquitos pintados entre los camalotes de la corriente zaina. Pensando bien la cosa, supondremos que el río era azulejo entonces como oriundo del cielo con su estrellita roja para marcar el sitio en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron. Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron por un mar que tenía cinco lunas de anchura y aún estaba poblado de sirenas y endriagos y de piedras imanes que enloquecen la brújula...” El cielo sobre mi estaba raro, un gris plomizo. Las hojas caídas, resecas y ocres, rodaban bajo el influjo de los vientos porteños. Mire a mi alrededor y no había nadie con quien jugar, no había absolutamente nadie en realidad. Estaba tan silencioso que daba miedo. Si comenzaba a llover cubrirían lo excavado con grandes plásticos y tendríamos que irnos, así que si quería patinar era mejor que comenzara. Apoyé el librote sobre la base de la estatua de Pedro de Mendoza, no podía hacer nada mientras lo sostuviera y además, quien se lo llevaría?. Caminé unos pasos alejándome y escuché un chirrido. Me di vuelta, pensé que era una chicharra o algo por el estilo, pero para mi asombro, algo pasaba con esa estatua. La base comenzó a difuminarse, se veía como el aire que reposa sobre una parrilla encendida, ondulante. Y de repente se convirtió en un espejo. No pude resistir la fascinación de acercarme, de extender mi mano hasta que la punta de mis dedos tocara a su contraparte en mi reflejo. Y en ese exacto momento el vidrio se hizo viscoso y frío y la mitad de mi mano se hundió en él y no pude evitar precipitarme hacia su interior arrastrado por una fuerza sobrehumana. Cuando por fin crucé, el envión era tal que tuve que me tambaleé hacia los lados para frenar la inercia, apoyando las zapatillas con muchísima fuerza contra el suelo, haciendo que objetos que no podía ver saltaran disparados para todos lados. Todo estaba oscuro, a excepción de algunas antorchas colgadas a los costados del recinto. Me tranquilizó pensar que se podía tratar de alguna especie de obrador utilizado para la construcción originaria de la plaza, la casa del cuidador o incluso un baño público clausurado, había visto cosas por el estilo en otros lugares. Pero esta hipótesis no resistió el menor análisis. Algo abandonado no tendría antorchas encendidas (quien las habría encendido?) y si hubiera un placero seguramente tendría luz eléctrica en su casa o cuanto menos velas. Pero, antorchas? “Mejor será que salga pronto de aquí”, pensé, con bastante sentido común. Mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad, como un rato después de que se apagan las luces en el cine. Di un giro de 180 grados hacia lo que suponía debía ser la parte interior del monumento. Si lo era, era nuevamente sólida. Mis dedos recorrieron la superficie metálica, que era fría y rugosa. Y se encontraron con el relieve de cuatro figuras: Presentí que se trataba de algún tipo de cerrojo, que la presión de cada una de las figuras en el orden correcto podría sacarme de allí. Pero, que significaban? Las posibilidades eran muchas pero no infinitas y sin saber de que se trataba sería muy difícil dar con la serie correcta. Habría que utilizarlas todas o sólo algunas? Bueno, cuanto antes comenzara, antes terminaría y saldría de allí. Acerqué la palma de la mano derecha al primero de los símbolos cuando una voz tenebrosa me detuvo. - Yo que tu, no haría eso Giré lentamente. Todo parecía más iluminado. No podía creer lo que veía. Mejor dicho, no sabía a que mirar primero. Para empezar, nos encontrábamos en una gruta tallada en roca, de cinco metros de alto por diez de ancho y treinta de profundidad. Esto no era nada. El problema era que la mayor parte del piso estaba cubierta de cientos de esqueletos, algunos de ellos enteros, pero la mayor parte desarmados. Los huesos se apilaban unos sobre otros. Instantáneamente me di cuenta de que era lo que había pateado al entrar; bajé la vista y al ver docenas de calaveras a mi alrededor sentí un profundo asco mezclado con terror que me impulsó hacía atrás hasta quedar pegado a la compuerta metálica. Creo que los triangulitos me quedaron sellados en la espalda del golpe. La que había formulado la advertencia era una mujer que se encontraba a dos metros de distancia, sentada sobre un pilón de fémures. Ella sonreía socarronamente; vestía harapos negros calcinados, tenía la cara llena de cicatrices y de su cabeza brotaban unos largos y escasos cabellos amarronados. Su mirada se dirigía al tejido que estaba realizando. Era un lienzo blanquísimo, una especie de sábana. Lo increíble era que por momentos se interrumpía y sacaba de su desdentada boca el hilo necesario para continuar con su labor y que tejía utilizando sus largas uñas. A la distancia parecía una enorme araña, muy atareada en preparar su trampa. Sin embargo, sus movimientos eran pausados y seguros. - No te escucho agradecerme por el tema de las antorchas –dijo con su voz cascada y a continuación agregó: Yo no las necesito. Y levanto su mirada de catacumba, pues sólo tenía el hueco correspondiente a cada ojo. Patitas para que las quiero! Me di vuelta y comencé a tantear frenéticamente la pared a la búsqueda de los símbolos. Pero la anciana volvió a su tejido y continuó hablando. - Te vuelvo a repetir. No te conviene hacer eso. - Po..po...po...por qqqqué? –pregunté aterrorizado - Sólo tienes una oportunidad para acertar con la clave correcta. Si te equivocas, jamás saldrás de aquí. Vivo, cuanto menos. - Vvvi...vvi...vo? Qué quieres decir con eso? –y cuando hube dicho esto la mujer sonrió y volvió a su extraño tejido. Hice de tripas corazón y elevando la voz, le dije: Habla ya! - Hay unos imbéciles arriba, excavando, sabes?-dijo sarcásticamente, mientras yo asentía. No saben de la maldición –continuó- que dice que cuando un rayo de luz alcance a cualquiera de los huesos de este osario, los responsables morirán inmediatamente. Y eso no es todo –concluyó, y luego de un bostezo volvió a su tejido. - Mi papá está cavando, esto no puede ser –dije, al borde de un ataque de pánico, pero la mujer no se distraía de su labor. Luego de pensar unos segundos, le pregunté: ¿De quién son estos huesos, qué más ocurrirá si esta catacumba es descubierta?. La mujer levantó la vista (es una manera de decir, por supuesto). -¿Sabes que es lo que están buscando estos necios, verdad? Hombres tenían que ser -agregó sonriendo maliciosamente mientras yo asentía- ¿Conoces esa frase que dice que no se debe desear demasiado algo porque se puede cumplir? Pues bien, sus deseos están por cumplírseles, tiene su destino final bajo sus narices y ni siquiera lo presumen.
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1.2.

Miré el conjunto de huesos y comprendí. Debía tratarse de la fosa común donde fueron depositados los cadáveres de los habitantes de la primera Buenos Aires antes de ser abandonada. Mi corazón se llenó de gozo y excitación: estaban por lograrlo. El mayor de los descubrimientos y mi papá sería parte de esto. Poco después miré a la mujer, mis ojos comprobaron la imposibilidad de su existencia en ese estado, me pellizque pero no había caso, no se trataba de un sueño. Entonces me atreví a preguntarlo. - ¿Y tu quién eres, cómo te llamas?. La mujer se paró, se acercó mucho más ágilmente de lo que hubiera imaginado y se colocó frente a mi, a una distancia tan cercana que tuve que contener mi repulsión, aunque no creo haberla podido disimular. - Yo fui la más hermosa de las mujeres. Te cuesta creerlo, verdad? Mi hermosura y la pasión que ella desencadenaba en los hombres fueron mi condena- y a continuación se calló, mientras observaba hilitos de polvo caer desde el techo de la cueva- así como la ambición y el gusto por fama serán la perdición de estos necios. - ¿Y qué más ocurrirá?., dijiste que eso no sería todo- le pregunté, ya sin miedo, puesto que, pensé, si me hubiera querido hacer algo sin duda ya me lo hubiera hecho. - Será el fin de la ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires -.dijo con determinación y girando sobre si misma se dirigió nuevamente a continuar con su tarea. - ¿Qué quieres decir con “el fin” - Sodoma, Gomorra, Babilonia. ¿No entiendes, niño, eres tonto?. El fin. Se derrumbará, la tragará la tierra entre relámpagos y humaredas sulfurosas y desaparecerá de la faz de la Tierra. No tengo tiempo para seguir hablando, estoy muy ocupada y cansada. - Yo necesito salir de aquí para avisarles que se detengan –dije, remarcando la palabra “necesito” aunque con un dejo de ruego en mi voz. ¿Tu sabes la clave, verdad? –la mujer volvió a sonreir- Dímela, le exigí. - Yo también necesito algo – este necesito que dijo fue casi susurrado, y luego agregó, extendiendo su índice derecho y la puntiaguda uña que nacía de él hacia una abertura al fondo de la catacumba – y se encuentra allí. -¿Qué es? -pregunté - Eso, debes averiguarlo por ti mismo - Cómo puedo buscar algo si no se qué es? - Niño tonto, no se encuentra lo que se busca. Se encuentra lo que no se busca – y dicho esto, volvió a bajar la cabeza. Me di cuenta que no le sacaría una palabra más al respecto y se me ocurrió que tal vez pudiera sacarle más información que pudiera serme de utilidad. - ¿Qué hay detrás de ese agujero? - Túneles - ¿Y a dónde llevan esos túneles? - A donde tu quieras ir –dijo, casi separando en sílabas. Esto último me sacó de quicio. Al fin y al cabo, evidentemente el mundo estaba completamente alterado, esto no podía estar pasando. Me acerqué a ella con determinación, pero con el cuidado de seguir el mismo sendero que ella había abierto al aproximarse antes hasta mi, para no entrar en contacto con los huesos. - Escúcheme bien, señora. Soy un niño y tal vez tenga Ud. razón y sea un tonto. Pero mi papá es arqueólogo y creo que una de las pocas veces que le presté atención porque me gustaba el tema, fue en relación a los túneles bajo la ciudad. Hay muchos túneles, en la Manzana de las Luces, bajo el Nacional Buenos Aires y en diversos puntos de la ciudad. Fueron construidos en diversas épocas y con diversos fines. Almacenar contrabando, asegurar un escape frente a los ataques de corsarios al puerto, etc. No están interconectados. Ese túnel debe tener un fin- La mujer dejó de sonreír y pareció cambiar su actitud hacia mi por una de mayor respeto. - ¿Crees saberlo todo, verdad niño? Pues tienes sólo la mitad de la verdad y tu mitad no vale nada. Estás a un paso de tu muerte y la de tu padre y lo único que se te ocurre, frente a un cadáver viviente, pues bien sabes que eso soy, es recurrir a esa cantinela –quise interrumpirla pero lo impidió con un gesto de su mano-. - Bajo la ciudad hay un laberinto infinito. Todos los túneles que conocen se comunican con otros túneles de los que no tienes ni la menor idea. Trozos del pasado están atrapados dentro de ellos. Eso soy, sólo un trozo del pasado que no puede morir – y en este punto hizo una inflexión angustiosa de su voz, pero se recompuso rápidamente-. Si logras atravesar esos túneles, llegarás a la región de los seres imaginarios. Todas las bestias que han poblado las pesadillas y los sueños de los habitantes de esta ciudad se encuentran allí. He dicho bestias, tal vez muchas de ellas esten hambrientas. Si no te conviertes en la cena de alguna de ellas, llegarás al corazón de la ciudad - Y que hay allí? –pregunté, por primera vez sinceramente curioso - ¿Has comido hojaldre? –preguntó, pícaramente - Si, naturalmente – contesté con suficiencia - Pues bien, todas las Buenos Aires del pasado se encuentran allí, apiladas como capas de hojaldre. Todo lo que una vez sucedió sigue sucediéndose una y otra vez, cíclicamente. Deberás entrar a una de épocas posibles. - ¿Cómo sabré a cuál? – pregunté y juraría que la mujer se encogió de hombros. Sobrevino un silencio pasmoso, mientras los hilitos de polvo caían cada vez más gruesos. No había tiempo que perder- qué debo buscar? - Debes buscar tu verdad. No la verdad, sino tu verdad. Dicho esto, apoyé mis cosas en el suelo. Tomé unas bolsas que había tiradas y envolví mis zapatillas. Levanté la mirada y la fijé en el hueco al fondo de la fosa. Respiré hondo y luego contuve la respiración. Caminé lo más rápido que pude, trazando un nuevo sendero mientras escuchaba un crac-crac de los huesos golpeándose entre si. Cuando llegué, largué todo el aire y me introduje en la oscuridad absoluta.
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2.0.

Capítulo II: Un laberinto de túneles Al salir, vi a alguien. Bueno, “alguien” es una manera de decir. Imaginen un hombre de dos metros de estatura, con cara, orejas y trompa de elefante, con barba candado y anteojos de media montura, sosteniendo un cuadernillo con una mano y un lápiz gigante. Agréguenle a eso que usaba maquillaje, zapatos de mujer con tacos aguja de 10 cm, todo esto rematado por una túnica color turquesa tornasolada con enormes hombreras. No sabía que decir ni que pensar. - Hola –le dije y sonrió, pero no dijo nada y tomo una breve nota, no se acerca de qué. - ¿Qué, quiero decir, quién es Ud.? -pregunté - ¿ Ud. quién cree que soy? – preguntó a modo de respuesta. - No tengo la menor idea, dígamelo Ud. por favor - ¿ Ud. qué piensa, que soy un sicofante? - No -dije casi instintivamente y me tomé unos segundos para pensar y elegir las palabras- Me gusta hacer crucigramas. Por lo tanto se que un sicofante es un calumniador, un impostor, no tengo porqué pensar eso de Ud., acabo de conocerlo. Casi lo escuche murmurar “Muy interesante” y vi como tomaba nota nuevamente, pero con mayor frenesí. - ¿Ud. puede ayudarme a que atraviese el laberinto de túneles para llegar a la Tierra de los Seres Imaginarios? - ¿ A Ud. qué le parece? - Y... a mi me parece que si vive aquí algo más que yo tiene que saber – luego de escuchar esto hizo un “mmm...mmjmjmm” y siguió tomando nota. A continuación giró y comenzó a caminar, por lo que me dispuse a seguirlo. - ¿ Cómo piensa afrontar el tema de mis honorarios ? – preguntó mientras se internaba en un túnel más pequeño en el que sus palabras resonaban con eco. - Yo no tengo dinero – le dije y casi instintivamente estuve a un paso de darme vuelta los bolsillos. - Eso no es problema, una vez que avance en el análisis, conseguirá aumentar sus ingresos y podrá pagarlo - ¿Análisis? Yo necesito un guía, no un analista - ¿ Ud. cree que hay diferencia? – y sin detenerse dio vuelta su cara unos segundos y luego la volvió al frente y siguió hablando- Ud. necesita un guía, yo necesito un paciente. Aquí no hay pacientes, y si no tengo pacientes no puedo ir con el sicofante supervisor para que me supervise – a esta altura de su discurso se me estaban saliendo los ojos de las órbitas – así que mejor vamos a hacer así, Ud. me paga con transferencia. Yo necesito transferencia. - ¿ Con “transferencia”? – la verdad, no le entendía nada pero me pareció mejor seguirle la corriente – Bueno – asentí y luego decidí que era mejor cambiar de tema. - ¿ Se ofende si le pregunto por que será que usa maquillaje ? - ¿ Ud. por qué cree que lo hago? – inquirió ya algo agitado de tanto caminar. - ¿ Porque considera que se ve mejor ? – y cuando escuchó esto dijo un “Ajá” entre dientes y volvió a escribir unas palabras. - ¿ Y Ud. por qué usa hombreras ? – continué el interrogatorio, curioso. - ¿ A Ud. que le parece ? dijo, ya resoplando y subiendo con dificultad una escalera tallada en la roca - ¿ Será porque tiene los hombros caídos o porque se quedó en los Ochentas ? – y al escuchar esto se dio vuelta y me lanzó una brevísima e intensa mirada con los ojos semicerrados, pero recuperó la compostura inmediatamente. Sin dudas era todo un profesional. Caminamos por lo que identifiqué como un túnel bajo la calle Defensa hasta llegar a Plaza de Mayo. Luego estuvimos bajo el Cabildo para dirigirnos a otro túnel que, supongo, seguiría el trazado de Diagonal Norte. Aparentemente llegamos a la Plaza de la República y a la Avenida. Corrientes. - Bueno, aquí comienza nuestra travesía fluvial – dijo e hizo un gesto ampuloso con su mano izquierda para señalar un camalote gigante que flotaba en lo que yo identifiqué como el Tercero del Norte- et voilá - Si Ud. tiene la peregrina idea de que yo me voy a subir a eso, está del tomate, le faltan unos jugadores, le gotea la azotea, le sacaron unos caramelos del tarro, esta de la nuca.... – iba a continuar con mi enumeración de diversas formas de implicar que estaba rematadamente loco pero noté que se ofendió. Y aunque no lo crean, subí. Tomé un largo palo y me coloqué al frente. El sicofante se ubicó detrás e introdujo su trompa en el agua y empezó a soplar simulando una propulsión a chorro. Creo que era puro teatro, la corriente en realidad nos llevaba por si misma. Quién me viera, improvisado marinero navegando bajo la calle Larrea. Debe haber pasado un largo rato antes de que llegáramos a lo que mentalmente identifiqué, aproximadamente, con lo que en la superficie sería Ayacucho y Las Heras, dónde comenzaban nuevos y gigantescos túneles. Bajamos y caminamos un poco. - Estamos bajo el Zoológico, en la Tierra de los Seres Imaginarios –dijo el sicofante, con gran satisfacción y señaló una especie de alfajor hojaldrado gigante flotando a la distancia de nuestro subterráneo horizonte- allí a lo lejos se encuentra tu destino, puedes verlo? - “Una manzana entera pero en mitá del campo, presenciada de auroras y lluvias y sudestadas” – exclamé involuntariamente y me detuve por estar pensado en voz alta y recordando el poema de mi señalador. Luego de unos segundos, cuando entendí, continué con voz queda: “La manzana pareja que persiste en mi barrio- - “Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga – remató exultante mi excéntrico guía y estallamos en sonoras carcajadas, que sólo se interrumpieron cuando percibimos que no estábamos solos. A unos metros, acurrucada en el piso había una chica, negra como el carbón, de aproximadamente mi edad, con trenzas en el cabello, descalza y con un vestido a lunares. Parecía estar llorando, abrazada a una curiosa muñeca de trapo. Enternecido y feliz de haber encontrado a alguien, me acerqué a ella. Pero el sicofante me agarró por el antebrazo. Cuando le ví el rostro, estaba pálido y señalaba desaforado a la niña. - Debemos irnos inmediatamente. Esa muñeca ...- temblaba mi amigo como una hoja. Lo miré sorprendido. Estaba asustado de una niña y una muñeca? - ahhhhhhhhhhhhhhhhhh - grito enloquecido y salió corriendo para desaparecer por el mismo lugar por donde habíamos llegado. Me aproximé a la niña y exclamé un tímido “Hola”. La chica elevó su rostro, con las mejillas aún surcadas por las lágrimas y abrió de par en par sus enormes ojos negros.
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3.0.

Capítulo III: La Tierra de los Seres Imaginarios Graciana era su nombre. Le extendí mi mano y la ayude a pararse, mientras se limpiaba las lágrimas y la nariz con la manga derecha de su vestido, sin dejar de sostener fuertemente a su extraña muñeca de trapo con su mano izquierda. Cuando se compuso, comenzó a hablar. - ¿Quién eres? – me preguntó - Axel - respondí - Azel – intentó repetir - Ac-sel – dividí en sílabas, amable pero firmemente - Az-zel – probó nuevamente y una sonrisa interminable, de dientes blanquísimos pobló su cara. - Azel está bien –acepté con resignación - ¿De dónde vienes tu, Azel? -De Buenos Aires, ¿y tu Graciana? - También, pero nunca vi nadie vestido como tú - Graciana, se que te puede sonar extraño, pero contéstame una pregunta. ¿En que año estamos? - Realmente es una pregunta rara. Es el año del señor 1850. ¿Verdad? - Aparentemente, no es así para todo el mundo. Para mi estamos unos 150 años más tarde... – Frente a esta declaración Graciana me miró muy confundida, su mandíbula inferior se desplazó hacia abajo unos centímetros y luego cubrió su boca con su mano derecha. Y volvió a caer al piso, primero en cuclillas y luego con las piernas cruzadas y el cuerpo vencido hacia delante. - Esto está muy mal, esto es cosa del demonio – alcanzó a decir, completamente confusa. - En realidad Graciana – comencé a decirle intentando tranquilizarla – posiblemente ninguno de los dos estemos en lo cierto. El tiempo no parece existir en este mundo subterráneo. Cuéntame por favor como es tu vida. - ¿Mi vida?. Bueno, yo vivo en el Caserón de mi patrón, en Palermo. Mis padres trabajan para él. Mi madre ayuda con los quehaceres de la casa. Mi padre forma parte de un grupo de hombres que lo ayuda. Yo, desde muy niña, animo las tertulias con mis cuentos, cuentos que me contaba mi abuela –que era esclava- , a quien se los contó su abuela y así sucesivamente. Alcanzo el servicio para el mate y cuando me lo solicitan, comienzo a contar. Todos festejan mucho mis historias, que hablan del viejo Buenos Aires virreinal. También le hago de vez en cuando algunos favores a la hija de mi patrón, favores de los que no deseo hablar, que tienen que ver con las creencias de mi gente y con poderes que ella me atribuye – mientras iba hablando iba imaginando la respuesta a mi siguiente pregunta y con cada palabra, más me iba convenciendo de cual sería, pero debía formularla - ¿ Quién es tu patrón ? pregunté tímidamente - El Restaurador de las Leyes, el Gobernador de la provincia, quién otro –contestó orgullosa – ahora la mandíbula que yo sentía había caído hasta el piso era la mía. Y Graciana comenzó a completar mis frases - O sea que tu patrón es... - Don Juan Manuel de Rosas - Y tu papá forma parte de... - La Mazorca - Y la hija a la que le haces favores es... - Manuelita - Glup - ¿ Glup ? Tu sabes demasiado de mi época para supuestamente vivir siglo y medio después... - No se qué decir. ¿ Cómo llegaste aquí? - Fui a buscar agua para calentar, para hacer mate, al aljibe. Escuche un canto dulcísimo y me incliné sobre el pozo para escucharlo mejor y me caí dentro. Eso es lo único que recuerdo. Y ahora quiero volver a mi casa, quiero ver a mis padres, y no se cómo. Y estamos rodeados de los más insólitos animales. Tengo mucho miedo. – en realidad, yo tenía cuanto menos tanto miedo como ella, pero decidí ocultarlo- - No te preocupes. Ven conmigo. Juntos vamos a poder hacerlo.
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