08.02.07
1.0.
Capítulo I: Entre esqueletos “Hasta ahora, la arqueología buscaba objetos indígenas, que suelen estar trabajados con una técnica de enrollado. Pero en 1988 apareció algo que no se podía explicar dentro de esa tradición: en la orilla del lago de Palermo desenterraron un muñeco vudú. Estaba ahorcado con un pedacito de soga, que se deshizo con el primer contacto. Una astilla de hueso le atravesaba el corazón. El destinatario de ese maleficio llevaba ya muchos años bajo la tierra como el muñeco...” Diario Clarín, 24 de Agosto de 1997 Siempre me gustó el Parque Lezama. Acompañar a mi papá en sus expediciones arqueológicas durante mis vacaciones se había convertido en algo habitual. Abandonar por un ratito la comodidad del departamento en el cual vivía con mi mamá, para dirigirme hacia el interior del país, hacia la aventura. O al menos eso era lo que pensaba en un principio. Porque en realidad el trabajo de arqueólogo no se parece en nada a lo que se ve en las películas. Son días y días de largas jornadas en lugares inhóspitos y de clima durísimo. Mucho caminar, mucho demarcar el terreno. Comenzar lentamente a excavar, tomar notas y fotos, encontrar pedacitos de cerámica, puntas de flecha. Uff!. Siempre me gustó el Parque Lezama. Cuando mi papá me contó que se había incorporado a un grupo de arqueología urbana que excavaría allí durante las vacaciones de invierno, me puse muy contento. Cuando me aburriera de observarlos cavar, podía encontrar chicos para jugar sin alejarme de ahí. Que mi papá trabajara tranquilo, yo pensaba llevar el skate y los rollers que me habían regalado cuando cumplí trece años, hacía poquito tiempo. Porque este parque tiene mucho verde, pero también tiene mucho cemento, caminitos, un anfiteatro; en fin, desniveles, quien puede pedir más. Y me sacaba de encima a mi vie..., a mi mamá. La estoy oyendo, “viejos son los trapos”. Ella me banca todo el año, así que un poco de relax con las amigas no le va a venir mal. Últimamente ella y papá se toleran un poco más, ya no discuten (al menos frente a mí). Eso no quiere decir que les encante estar juntos mucho tiempo, el asunto es más bien tipo delivery, mi mamá llega con el auto, yo me bajo, ambos cabecean silenciosamente y el coche parte raudamente. Yo lo quiero mucho a mi papá, pero admitamos que es medio denso. El pasado lo es todo para él y no tiene demasiada idea del presente. Y nació, creció y vive rodeado de libros. Y habla “en difícil”. Y se apasiona cuando habla de lo que le gusta; eso, a veces, me llega a emocionar. El secreto es dejarlo expresarse un rato; uno tiene que poner cara de que escucha atentamente y con eso se conforma. Esta vez la explicación tenía un poco más de sentido, por lo novedoso de la experiencia para mí. “No sólo se practica la arqueología en espacios abiertos –comenzó a decir gravemente y mirándome a los ojos- también puede llevarse a cabo en ciudades y con más razón en una urbe como la nuestra que tiene más de cuatrocientos años de antigüedad”. La verdad, me tenté con lo de urbe, no tengo idea de que es, pero me suenan a ubre, así que disimulé la gracia que me hizo, tosiendo. Lejos de interrumpirse, continuó: “Y en este caso, estamos buscando el primer asentamiento de Buenos Aires, que dataría de 1536. Encontrarlo sería inefable”. Bueno, lo de “inefable” fue lo último. Casi me liberó con eso (cuanto menos en esta ocasión, por el lugar donde nos encontrábamos, no podría mandarme a buscar en el diccionario el significado de las palabras que no entendía, lo cual percibía en mi mirada puesto que yo no decía ni pío al respecto). Sólo un último capricho más y ya estaría el asunto. Me había regalado una edición encuadernada de “Sobre héroes y tumbas” de Ernesto Sábato. Un mamotreto de no se cuantos cientos de páginas del cual me dijo que sin duda me gustaría porque tenía que ver con esta plaza. Luego de darle un beso, me alejé con el libro bajo un brazo -ya cansado de sostenerlo-, los rollers colgados del cuello y el skate bajo un brazo.

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Creado por bwanabeloved
23:43:30