Bajo la ciudad por Héctor Horacio Otero

Es una blogonovela corta, juvenil, de genero fantastico. La segunda parte de mi libro “Aguada, el nacimiento de un guerrero” (Buenos Aires, Mondragón, 2004) hectorhoraciootero@gmail.com

29

de
Julio

Versiones .doc y .ePub de “Bajo la ciudad”

Versiones que facilitan la lectura:
.doc:
https://sites.google.com/site/hectorhoraciootero
.ePub:
https://sites.google.com/site/hectorhoraciootero/my-forms

8

de
Febrero

1.0.

Capítulo I: Entre esqueletos “Hasta ahora, la arqueología buscaba objetos indígenas, que suelen estar trabajados con una técnica de enrollado. Pero en 1988 apareció algo que no se podía explicar dentro de esa tradición: en la orilla del lago de Palermo desenterraron un muñeco vudú. Estaba ahorcado con un pedacito de soga, que se deshizo con el primer contacto. Una astilla de hueso le atravesaba el corazón. El destinatario de ese maleficio llevaba ya muchos años bajo la tierra como el muñeco…” Diario Clarín, 24 de Agosto de 1997 Siempre me gustó el Parque Lezama. Acompañar a mi papá en sus expediciones arqueológicas durante mis vacaciones se había convertido en algo habitual. Abandonar por un ratito la comodidad del departamento en el cual vivía con mi mamá, para dirigirme hacia el interior del país, hacia la aventura. O al menos eso era lo que pensaba en un principio. Porque en realidad el trabajo de arqueólogo no se parece en nada a lo que se ve en las películas. Son días y días de largas jornadas en lugares inhóspitos y de clima durísimo. Mucho caminar, mucho demarcar el terreno. Comenzar lentamente a excavar, tomar notas y fotos, encontrar pedacitos de cerámica, puntas de flecha. Uff!. Siempre me gustó el Parque Lezama. Cuando mi papá me contó que se había incorporado a un grupo de arqueología urbana que excavaría allí durante las vacaciones de invierno, me puse muy contento. Cuando me aburriera de observarlos cavar, podía encontrar chicos para jugar sin alejarme de ahí. Que mi papá trabajara tranquilo, yo pensaba llevar el skate y los rollers que me habían regalado cuando cumplí trece años, hacía poquito tiempo. Porque este parque tiene mucho verde, pero también tiene mucho cemento, caminitos, un anfiteatro; en fin, desniveles, quien puede pedir más. Y me sacaba de encima a mi vie…, a mi mamá. La estoy oyendo, “viejos son los trapos”. Ella me banca todo el año, así que un poco de relax con las amigas no le va a venir mal. Últimamente ella y papá se toleran un poco más, ya no discuten (al menos frente a mí). Eso no quiere decir que les encante estar juntos mucho tiempo, el asunto es más bien tipo delivery, mi mamá llega con el auto, yo me bajo, ambos cabecean silenciosamente y el coche parte raudamente. Yo lo quiero mucho a mi papá, pero admitamos que es medio denso. El pasado lo es todo para él y no tiene demasiada idea del presente. Y nació, creció y vive rodeado de libros. Y habla “en difícil”. Y se apasiona cuando habla de lo que le gusta; eso, a veces, me llega a emocionar. El secreto es dejarlo expresarse un rato; uno tiene que poner cara de que escucha atentamente y con eso se conforma. Esta vez la explicación tenía un poco más de sentido, por lo novedoso de la experiencia para mí. “No sólo se practica la arqueología en espacios abiertos –comenzó a decir gravemente y mirándome a los ojos- también puede llevarse a cabo en ciudades y con más razón en una urbe como la nuestra que tiene más de cuatrocientos años de antigüedad”. La verdad, me tenté con lo de urbe, no tengo idea de que es, pero me suenan a ubre, así que disimulé la gracia que me hizo, tosiendo. Lejos de interrumpirse, continuó: “Y en este caso, estamos buscando el primer asentamiento de Buenos Aires, que dataría de 1536. Encontrarlo sería inefable”. Bueno, lo de “inefable” fue lo último. Casi me liberó con eso (cuanto menos en esta ocasión, por el lugar donde nos encontrábamos, no podría mandarme a buscar en el diccionario el significado de las palabras que no entendía, lo cual percibía en mi mirada puesto que yo no decía ni pío al respecto). Sólo un último capricho más y ya estaría el asunto. Me había regalado una edición encuadernada de “Sobre héroes y tumbas” de Ernesto Sábato. Un mamotreto de no se cuantos cientos de páginas del cual me dijo que sin duda me gustaría porque tenía que ver con esta plaza. Luego de darle un beso, me alejé con el libro bajo un brazo -ya cansado de sostenerlo-, los rollers colgados del cuello y el skate bajo un brazo.

8

de
Febrero

1.1.

Entre nosotros, que no salga de aquí, admitamos es fácil hacer que uno leyó un libro. Se busca la sinopsis en Internet y listo, por si alguien pregunta. Si el que averigua es muy perspicaz, basta con alquilar la película en el videoclub y verla, acelerando frecuentemente. Ahora que lo pienso, tendría este libro película?. Hasta que llegara el interrogatorio, sólo había que ir corriendo de página el señalador, sin exagerar nuestra capacidad de lectura. El señalador sinceramente me gustaba, también me lo había regalado papá. Un listón de cartulina con unos barcos antiguos sobre el que estaba escrito un poema de Borges (Uds. no me pueden ver, pero me estoy parando. Mi viejo siempre lo hace cuando dice “Borges”, se para, no importa si esta comiendo o haciendo lo que fuera. Yo lo hago también, es como un chiste familiar). Recuerdo su cara de felicidad cuando se enteró que lo había memorizado. “Y fue por este río de sueñera y de barro, que las proas vinieron a fundarme la patria? Irían a los tumbos los barquitos pintados entre los camalotes de la corriente zaina. Pensando bien la cosa, supondremos que el río era azulejo entonces como oriundo del cielo con su estrellita roja para marcar el sitio en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron. Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron por un mar que tenía cinco lunas de anchura y aún estaba poblado de sirenas y endriagos y de piedras imanes que enloquecen la brújula…” El cielo sobre mi estaba raro, un gris plomizo. Las hojas caídas, resecas y ocres, rodaban bajo el influjo de los vientos porteños. Mire a mi alrededor y no había nadie con quien jugar, no había absolutamente nadie en realidad. Estaba tan silencioso que daba miedo. Si comenzaba a llover cubrirían lo excavado con grandes plásticos y tendríamos que irnos, así que si quería patinar era mejor que comenzara. Apoyé el librote sobre la base de la estatua de Pedro de Mendoza, no podía hacer nada mientras lo sostuviera y además, quien se lo llevaría?. Caminé unos pasos alejándome y escuché un chirrido. Me di vuelta, pensé que era una chicharra o algo por el estilo, pero para mi asombro, algo pasaba con esa estatua. La base comenzó a difuminarse, se veía como el aire que reposa sobre una parrilla encendida, ondulante. Y de repente se convirtió en un espejo. No pude resistir la fascinación de acercarme, de extender mi mano hasta que la punta de mis dedos tocara a su contraparte en mi reflejo. Y en ese exacto momento el vidrio se hizo viscoso y frío y la mitad de mi mano se hundió en él y no pude evitar precipitarme hacia su interior arrastrado por una fuerza sobrehumana. Cuando por fin crucé, el envión era tal que tuve que me tambaleé hacia los lados para frenar la inercia, apoyando las zapatillas con muchísima fuerza contra el suelo, haciendo que objetos que no podía ver saltaran disparados para todos lados. Todo estaba oscuro, a excepción de algunas antorchas colgadas a los costados del recinto. Me tranquilizó pensar que se podía tratar de alguna especie de obrador utilizado para la construcción originaria de la plaza, la casa del cuidador o incluso un baño público clausurado, había visto cosas por el estilo en otros lugares. Pero esta hipótesis no resistió el menor análisis. Algo abandonado no tendría antorchas encendidas (quien las habría encendido?) y si hubiera un placero seguramente tendría luz eléctrica en su casa o cuanto menos velas. Pero, antorchas? “Mejor será que salga pronto de aquí”, pensé, con bastante sentido común. Mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad, como un rato después de que se apagan las luces en el cine. Di un giro de 180 grados hacia lo que suponía debía ser la parte interior del monumento. Si lo era, era nuevamente sólida. Mis dedos recorrieron la superficie metálica, que era fría y rugosa. Y se encontraron con el relieve de cuatro figuras: Presentí que se trataba de algún tipo de cerrojo, que la presión de cada una de las figuras en el orden correcto podría sacarme de allí. Pero, que significaban? Las posibilidades eran muchas pero no infinitas y sin saber de que se trataba sería muy difícil dar con la serie correcta. Habría que utilizarlas todas o sólo algunas? Bueno, cuanto antes comenzara, antes terminaría y saldría de allí. Acerqué la palma de la mano derecha al primero de los símbolos cuando una voz tenebrosa me detuvo. - Yo que tu, no haría eso Giré lentamente. Todo parecía más iluminado. No podía creer lo que veía. Mejor dicho, no sabía a que mirar primero. Para empezar, nos encontrábamos en una gruta tallada en roca, de cinco metros de alto por diez de ancho y treinta de profundidad. Esto no era nada. El problema era que la mayor parte del piso estaba cubierta de cientos de esqueletos, algunos de ellos enteros, pero la mayor parte desarmados. Los huesos se apilaban unos sobre otros. Instantáneamente me di cuenta de que era lo que había pateado al entrar; bajé la vista y al ver docenas de calaveras a mi alrededor sentí un profundo asco mezclado con terror que me impulsó hacía atrás hasta quedar pegado a la compuerta metálica. Creo que los triangulitos me quedaron sellados en la espalda del golpe. La que había formulado la advertencia era una mujer que se encontraba a dos metros de distancia, sentada sobre un pilón de fémures. Ella sonreía socarronamente; vestía harapos negros calcinados, tenía la cara llena de cicatrices y de su cabeza brotaban unos largos y escasos cabellos amarronados. Su mirada se dirigía al tejido que estaba realizando. Era un lienzo blanquísimo, una especie de sábana. Lo increíble era que por momentos se interrumpía y sacaba de su desdentada boca el hilo necesario para continuar con su labor y que tejía utilizando sus largas uñas. A la distancia parecía una enorme araña, muy atareada en preparar su trampa. Sin embargo, sus movimientos eran pausados y seguros. - No te escucho agradecerme por el tema de las antorchas –dijo con su voz cascada y a continuación agregó: Yo no las necesito. Y levanto su mirada de catacumba, pues sólo tenía el hueco correspondiente a cada ojo. Patitas para que las quiero! Me di vuelta y comencé a tantear frenéticamente la pared a la búsqueda de los símbolos. Pero la anciana volvió a su tejido y continuó hablando. - Te vuelvo a repetir. No te conviene hacer eso. - Po..po…po…por qqqqué? –pregunté aterrorizado - Sólo tienes una oportunidad para acertar con la clave correcta. Si te equivocas, jamás saldrás de aquí. Vivo, cuanto menos. - Vvvi…vvi…vo? Qué quieres decir con eso? –y cuando hube dicho esto la mujer sonrió y volvió a su extraño tejido. Hice de tripas corazón y elevando la voz, le dije: Habla ya! - Hay unos imbéciles arriba, excavando, sabes?-dijo sarcásticamente, mientras yo asentía. No saben de la maldición –continuó- que dice que cuando un rayo de luz alcance a cualquiera de los huesos de este osario, los responsables morirán inmediatamente. Y eso no es todo –concluyó, y luego de un bostezo volvió a su tejido. - Mi papá está cavando, esto no puede ser –dije, al borde de un ataque de pánico, pero la mujer no se distraía de su labor. Luego de pensar unos segundos, le pregunté: ¿De quién son estos huesos, qué más ocurrirá si esta catacumba es descubierta?. La mujer levantó la vista (es una manera de decir, por supuesto). -¿Sabes que es lo que están buscando estos necios, verdad? Hombres tenían que ser -agregó sonriendo maliciosamente mientras yo asentía- ¿Conoces esa frase que dice que no se debe desear demasiado algo porque se puede cumplir? Pues bien, sus deseos están por cumplírseles, tiene su destino final bajo sus narices y ni siquiera lo presumen.

8

de
Febrero

1.2.

Miré el conjunto de huesos y comprendí. Debía tratarse de la fosa común donde fueron depositados los cadáveres de los habitantes de la primera Buenos Aires antes de ser abandonada. Mi corazón se llenó de gozo y excitación: estaban por lograrlo. El mayor de los descubrimientos y mi papá sería parte de esto. Poco después miré a la mujer, mis ojos comprobaron la imposibilidad de su existencia en ese estado, me pellizque pero no había caso, no se trataba de un sueño. Entonces me atreví a preguntarlo. - ¿Y tu quién eres, cómo te llamas?. La mujer se paró, se acercó mucho más ágilmente de lo que hubiera imaginado y se colocó frente a mi, a una distancia tan cercana que tuve que contener mi repulsión, aunque no creo haberla podido disimular. - Yo fui la más hermosa de las mujeres. Te cuesta creerlo, verdad? Mi hermosura y la pasión que ella desencadenaba en los hombres fueron mi condena- y a continuación se calló, mientras observaba hilitos de polvo caer desde el techo de la cueva- así como la ambición y el gusto por fama serán la perdición de estos necios. - ¿Y qué más ocurrirá?., dijiste que eso no sería todo- le pregunté, ya sin miedo, puesto que, pensé, si me hubiera querido hacer algo sin duda ya me lo hubiera hecho. - Será el fin de la ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires -.dijo con determinación y girando sobre si misma se dirigió nuevamente a continuar con su tarea. - ¿Qué quieres decir con “el fin” - Sodoma, Gomorra, Babilonia. ¿No entiendes, niño, eres tonto?. El fin. Se derrumbará, la tragará la tierra entre relámpagos y humaredas sulfurosas y desaparecerá de la faz de la Tierra. No tengo tiempo para seguir hablando, estoy muy ocupada y cansada. - Yo necesito salir de aquí para avisarles que se detengan –dije, remarcando la palabra “necesito” aunque con un dejo de ruego en mi voz. ¿Tu sabes la clave, verdad? –la mujer volvió a sonreir- Dímela, le exigí. - Yo también necesito algo – este necesito que dijo fue casi susurrado, y luego agregó, extendiendo su índice derecho y la puntiaguda uña que nacía de él hacia una abertura al fondo de la catacumba – y se encuentra allí. -¿Qué es? -pregunté - Eso, debes averiguarlo por ti mismo - Cómo puedo buscar algo si no se qué es? - Niño tonto, no se encuentra lo que se busca. Se encuentra lo que no se busca – y dicho esto, volvió a bajar la cabeza. Me di cuenta que no le sacaría una palabra más al respecto y se me ocurrió que tal vez pudiera sacarle más información que pudiera serme de utilidad. - ¿Qué hay detrás de ese agujero? - Túneles - ¿Y a dónde llevan esos túneles? - A donde tu quieras ir –dijo, casi separando en sílabas. Esto último me sacó de quicio. Al fin y al cabo, evidentemente el mundo estaba completamente alterado, esto no podía estar pasando. Me acerqué a ella con determinación, pero con el cuidado de seguir el mismo sendero que ella había abierto al aproximarse antes hasta mi, para no entrar en contacto con los huesos. - Escúcheme bien, señora. Soy un niño y tal vez tenga Ud. razón y sea un tonto. Pero mi papá es arqueólogo y creo que una de las pocas veces que le presté atención porque me gustaba el tema, fue en relación a los túneles bajo la ciudad. Hay muchos túneles, en la Manzana de las Luces, bajo el Nacional Buenos Aires y en diversos puntos de la ciudad. Fueron construidos en diversas épocas y con diversos fines. Almacenar contrabando, asegurar un escape frente a los ataques de corsarios al puerto, etc. No están interconectados. Ese túnel debe tener un fin- La mujer dejó de sonreír y pareció cambiar su actitud hacia mi por una de mayor respeto. - ¿Crees saberlo todo, verdad niño? Pues tienes sólo la mitad de la verdad y tu mitad no vale nada. Estás a un paso de tu muerte y la de tu padre y lo único que se te ocurre, frente a un cadáver viviente, pues bien sabes que eso soy, es recurrir a esa cantinela –quise interrumpirla pero lo impidió con un gesto de su mano-. - Bajo la ciudad hay un laberinto infinito. Todos los túneles que conocen se comunican con otros túneles de los que no tienes ni la menor idea. Trozos del pasado están atrapados dentro de ellos. Eso soy, sólo un trozo del pasado que no puede morir – y en este punto hizo una inflexión angustiosa de su voz, pero se recompuso rápidamente-. Si logras atravesar esos túneles, llegarás a la región de los seres imaginarios. Todas las bestias que han poblado las pesadillas y los sueños de los habitantes de esta ciudad se encuentran allí. He dicho bestias, tal vez muchas de ellas esten hambrientas. Si no te conviertes en la cena de alguna de ellas, llegarás al corazón de la ciudad - Y que hay allí? –pregunté, por primera vez sinceramente curioso - ¿Has comido hojaldre? –preguntó, pícaramente - Si, naturalmente – contesté con suficiencia - Pues bien, todas las Buenos Aires del pasado se encuentran allí, apiladas como capas de hojaldre. Todo lo que una vez sucedió sigue sucediéndose una y otra vez, cíclicamente. Deberás entrar a una de épocas posibles. - ¿Cómo sabré a cuál? – pregunté y juraría que la mujer se encogió de hombros. Sobrevino un silencio pasmoso, mientras los hilitos de polvo caían cada vez más gruesos. No había tiempo que perder- qué debo buscar? - Debes buscar tu verdad. No la verdad, sino tu verdad. Dicho esto, apoyé mis cosas en el suelo. Tomé unas bolsas que había tiradas y envolví mis zapatillas. Levanté la mirada y la fijé en el hueco al fondo de la fosa. Respiré hondo y luego contuve la respiración. Caminé lo más rápido que pude, trazando un nuevo sendero mientras escuchaba un crac-crac de los huesos golpeándose entre si. Cuando llegué, largué todo el aire y me introduje en la oscuridad absoluta.

8

de
Febrero

2.0.

Capítulo II: Un laberinto de túneles Al salir, vi a alguien. Bueno, “alguien” es una manera de decir. Imaginen un hombre de dos metros de estatura, con cara, orejas y trompa de elefante, con barba candado y anteojos de media montura, sosteniendo un cuadernillo con una mano y un lápiz gigante. Agréguenle a eso que usaba maquillaje, zapatos de mujer con tacos aguja de 10 cm, todo esto rematado por una túnica color turquesa tornasolada con enormes hombreras. No sabía que decir ni que pensar. - Hola –le dije y sonrió, pero no dijo nada y tomo una breve nota, no se acerca de qué. - ¿Qué, quiero decir, quién es Ud.? -pregunté - ¿ Ud. quién cree que soy? – preguntó a modo de respuesta. - No tengo la menor idea, dígamelo Ud. por favor - ¿ Ud. qué piensa, que soy un sicofante? - No -dije casi instintivamente y me tomé unos segundos para pensar y elegir las palabras- Me gusta hacer crucigramas. Por lo tanto se que un sicofante es un calumniador, un impostor, no tengo porqué pensar eso de Ud., acabo de conocerlo. Casi lo escuche murmurar “Muy interesante” y vi como tomaba nota nuevamente, pero con mayor frenesí. - ¿Ud. puede ayudarme a que atraviese el laberinto de túneles para llegar a la Tierra de los Seres Imaginarios? - ¿ A Ud. qué le parece? - Y… a mi me parece que si vive aquí algo más que yo tiene que saber – luego de escuchar esto hizo un “mmm…mmjmjmm” y siguió tomando nota. A continuación giró y comenzó a caminar, por lo que me dispuse a seguirlo. - ¿ Cómo piensa afrontar el tema de mis honorarios ? – preguntó mientras se internaba en un túnel más pequeño en el que sus palabras resonaban con eco. - Yo no tengo dinero – le dije y casi instintivamente estuve a un paso de darme vuelta los bolsillos. - Eso no es problema, una vez que avance en el análisis, conseguirá aumentar sus ingresos y podrá pagarlo - ¿Análisis? Yo necesito un guía, no un analista - ¿ Ud. cree que hay diferencia? – y sin detenerse dio vuelta su cara unos segundos y luego la volvió al frente y siguió hablando- Ud. necesita un guía, yo necesito un paciente. Aquí no hay pacientes, y si no tengo pacientes no puedo ir con el sicofante supervisor para que me supervise – a esta altura de su discurso se me estaban saliendo los ojos de las órbitas – así que mejor vamos a hacer así, Ud. me paga con transferencia. Yo necesito transferencia. - ¿ Con “transferencia”? – la verdad, no le entendía nada pero me pareció mejor seguirle la corriente – Bueno – asentí y luego decidí que era mejor cambiar de tema. - ¿ Se ofende si le pregunto por que será que usa maquillaje ? - ¿ Ud. por qué cree que lo hago? – inquirió ya algo agitado de tanto caminar. - ¿ Porque considera que se ve mejor ? – y cuando escuchó esto dijo un “Ajá” entre dientes y volvió a escribir unas palabras. - ¿ Y Ud. por qué usa hombreras ? – continué el interrogatorio, curioso. - ¿ A Ud. que le parece ? dijo, ya resoplando y subiendo con dificultad una escalera tallada en la roca - ¿ Será porque tiene los hombros caídos o porque se quedó en los Ochentas ? – y al escuchar esto se dio vuelta y me lanzó una brevísima e intensa mirada con los ojos semicerrados, pero recuperó la compostura inmediatamente. Sin dudas era todo un profesional. Caminamos por lo que identifiqué como un túnel bajo la calle Defensa hasta llegar a Plaza de Mayo. Luego estuvimos bajo el Cabildo para dirigirnos a otro túnel que, supongo, seguiría el trazado de Diagonal Norte. Aparentemente llegamos a la Plaza de la República y a la Avenida. Corrientes. - Bueno, aquí comienza nuestra travesía fluvial – dijo e hizo un gesto ampuloso con su mano izquierda para señalar un camalote gigante que flotaba en lo que yo identifiqué como el Tercero del Norte- et voilá - Si Ud. tiene la peregrina idea de que yo me voy a subir a eso, está del tomate, le faltan unos jugadores, le gotea la azotea, le sacaron unos caramelos del tarro, esta de la nuca…. – iba a continuar con mi enumeración de diversas formas de implicar que estaba rematadamente loco pero noté que se ofendió. Y aunque no lo crean, subí. Tomé un largo palo y me coloqué al frente. El sicofante se ubicó detrás e introdujo su trompa en el agua y empezó a soplar simulando una propulsión a chorro. Creo que era puro teatro, la corriente en realidad nos llevaba por si misma. Quién me viera, improvisado marinero navegando bajo la calle Larrea. Debe haber pasado un largo rato antes de que llegáramos a lo que mentalmente identifiqué, aproximadamente, con lo que en la superficie sería Ayacucho y Las Heras, dónde comenzaban nuevos y gigantescos túneles. Bajamos y caminamos un poco. - Estamos bajo el Zoológico, en la Tierra de los Seres Imaginarios –dijo el sicofante, con gran satisfacción y señaló una especie de alfajor hojaldrado gigante flotando a la distancia de nuestro subterráneo horizonte- allí a lo lejos se encuentra tu destino, puedes verlo? - “Una manzana entera pero en mitá del campo, presenciada de auroras y lluvias y sudestadas” – exclamé involuntariamente y me detuve por estar pensado en voz alta y recordando el poema de mi señalador. Luego de unos segundos, cuando entendí, continué con voz queda: “La manzana pareja que persiste en mi barrio- - “Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga – remató exultante mi excéntrico guía y estallamos en sonoras carcajadas, que sólo se interrumpieron cuando percibimos que no estábamos solos. A unos metros, acurrucada en el piso había una chica, negra como el carbón, de aproximadamente mi edad, con trenzas en el cabello, descalza y con un vestido a lunares. Parecía estar llorando, abrazada a una curiosa muñeca de trapo. Enternecido y feliz de haber encontrado a alguien, me acerqué a ella. Pero el sicofante me agarró por el antebrazo. Cuando le ví el rostro, estaba pálido y señalaba desaforado a la niña. - Debemos irnos inmediatamente. Esa muñeca …- temblaba mi amigo como una hoja. Lo miré sorprendido. Estaba asustado de una niña y una muñeca? - ahhhhhhhhhhhhhhhhhh - grito enloquecido y salió corriendo para desaparecer por el mismo lugar por donde habíamos llegado. Me aproximé a la niña y exclamé un tímido “Hola”. La chica elevó su rostro, con las mejillas aún surcadas por las lágrimas y abrió de par en par sus enormes ojos negros.

8

de
Febrero

3.0.

Capítulo III: La Tierra de los Seres Imaginarios Graciana era su nombre. Le extendí mi mano y la ayude a pararse, mientras se limpiaba las lágrimas y la nariz con la manga derecha de su vestido, sin dejar de sostener fuertemente a su extraña muñeca de trapo con su mano izquierda. Cuando se compuso, comenzó a hablar. - ¿Quién eres? – me preguntó - Axel - respondí - Azel – intentó repetir - Ac-sel – dividí en sílabas, amable pero firmemente - Az-zel – probó nuevamente y una sonrisa interminable, de dientes blanquísimos pobló su cara. - Azel está bien –acepté con resignación - ¿De dónde vienes tu, Azel? -De Buenos Aires, ¿y tu Graciana? - También, pero nunca vi nadie vestido como tú - Graciana, se que te puede sonar extraño, pero contéstame una pregunta. ¿En que año estamos? - Realmente es una pregunta rara. Es el año del señor 1850. ¿Verdad? - Aparentemente, no es así para todo el mundo. Para mi estamos unos 150 años más tarde… – Frente a esta declaración Graciana me miró muy confundida, su mandíbula inferior se desplazó hacia abajo unos centímetros y luego cubrió su boca con su mano derecha. Y volvió a caer al piso, primero en cuclillas y luego con las piernas cruzadas y el cuerpo vencido hacia delante. - Esto está muy mal, esto es cosa del demonio – alcanzó a decir, completamente confusa. - En realidad Graciana – comencé a decirle intentando tranquilizarla – posiblemente ninguno de los dos estemos en lo cierto. El tiempo no parece existir en este mundo subterráneo. Cuéntame por favor como es tu vida. - ¿Mi vida?. Bueno, yo vivo en el Caserón de mi patrón, en Palermo. Mis padres trabajan para él. Mi madre ayuda con los quehaceres de la casa. Mi padre forma parte de un grupo de hombres que lo ayuda. Yo, desde muy niña, animo las tertulias con mis cuentos, cuentos que me contaba mi abuela –que era esclava- , a quien se los contó su abuela y así sucesivamente. Alcanzo el servicio para el mate y cuando me lo solicitan, comienzo a contar. Todos festejan mucho mis historias, que hablan del viejo Buenos Aires virreinal. También le hago de vez en cuando algunos favores a la hija de mi patrón, favores de los que no deseo hablar, que tienen que ver con las creencias de mi gente y con poderes que ella me atribuye – mientras iba hablando iba imaginando la respuesta a mi siguiente pregunta y con cada palabra, más me iba convenciendo de cual sería, pero debía formularla - ¿ Quién es tu patrón ? pregunté tímidamente - El Restaurador de las Leyes, el Gobernador de la provincia, quién otro –contestó orgullosa – ahora la mandíbula que yo sentía había caído hasta el piso era la mía. Y Graciana comenzó a completar mis frases - O sea que tu patrón es… - Don Juan Manuel de Rosas - Y tu papá forma parte de… - La Mazorca - Y la hija a la que le haces favores es… - Manuelita - Glup - ¿ Glup ? Tu sabes demasiado de mi época para supuestamente vivir siglo y medio después… - No se qué decir. ¿ Cómo llegaste aquí? - Fui a buscar agua para calentar, para hacer mate, al aljibe. Escuche un canto dulcísimo y me incliné sobre el pozo para escucharlo mejor y me caí dentro. Eso es lo único que recuerdo. Y ahora quiero volver a mi casa, quiero ver a mis padres, y no se cómo. Y estamos rodeados de los más insólitos animales. Tengo mucho miedo. – en realidad, yo tenía cuanto menos tanto miedo como ella, pero decidí ocultarlo- - No te preocupes. Ven conmigo. Juntos vamos a poder hacerlo.

8

de
Febrero

3.1.

Es muy difícil describir donde estábamos. Mi tía Úrsula me contaba de pequeño cuentos acerca del mundo subterráneo de Agartha, siempre me había fascinado. Si existe, debía ser algo similar a lo que mis ojos veían. Hasta ese momento, una de las cosas que más me había intrigado del recorrido eran las antorchas encendidas ambos lados del camino, incluso durante nuestro periplo fluvial. ¿ Quién las había colocado allí ? Y más extraño aún. ¿ Cómo se mantenían encendidas, alguien se ocupaba ? Como solo había tratado con la mujer arácnida del principio –que estaba recluida- y el sicofante – a quien no le veía vocación de maestranza – realmente el asunto me tenía curioso. Aunque pensándolo mejor, se el tiempo no existía allí, ¿ por qué habrían de consumirse las antorchas ?. La explicación que me di a mi mismo es que probablemente habían sido colocadas en tiempos remotos por quienes habían horadado la piedra para crear el laberinto de túneles y que la particular circunstancia del no-tiempo que nos rodeaba las había convertido en flamas eternas. Volvamos a Agartha o su símil porteño, como prefieran. Nos encontrábamos en un recinto enorme, imposible de concebir en un ámbito subterráneo salvo que creyéramos que la Tierra es hueca. El techo o aquello que se asemejaba a éste estaba a decenas de metros de altura. Era otro mundo dentro del mundo. El movimiento de multitud de animales y la profusión de vida vegetal eran impactantes. Pero aquí no había antorchas. Y naturalmente, tampoco había un cielo. Si uno miraba hacia arriba, veía un océano de estalactitas. Pero no estaban formadas por agua caliza o hielo. En realidad eran transparentes, de un metro de largo y parecían estar hechas de algún tipo de cristal y tenían una sustancia que circulaba por dentro. Lo único que se me ocurre para compararlas es la lámpara de lava de mi madre, de su rincón kitsch. Es su lugar favorito para cuando se deprime. Se sienta en un sillón de plástico azul eléctrico inflable y se descalza. Se perfuma con una horripilante y persistente esencia llamada Patchouli. Previamente, apaga las luces y enciende su lámpara de lava. Pone un disco de Donna Summer para crear el ambiente adecuado. Se mira antes al espejo y comienza a hacer morisquetas estirándose los pliegues de la piel hacia los lados, como si fuera una máscara, borrando sus patas de gallo, las que en otro momento asegura no tener, y comienza a pararse el pelo subiendo y bajando los dedos, estirándose un mechón, algo que llama “Afro”. Llena una pecera con pochoclo enmantecado y salado. Dice que ahí criaba Sea Monkeys y créanme, les juro por mi vida que nunca intentaré averiguar más sobre el asunto que lo que acaban de leer. Y luego, aparte de comer, sólo fija su vista en la dichosa lámpara. En síntesis, en estas ocasiones se pone como mi papá durante las batallas de caballeros medievales, mejor dejarla sola. Los padres son seres muy extraños. A veces, hasta parecen personas. Volvamos a mi relato, iluminado por un mar de lámparas de lava anaranjada, coagulándose y descoagulándose caprichosamente. Se que es raro que en este punto recordara mi clase de biología, pero lo primero que me pregunté es si se trataría de un ecosistema. ¿ Estos seres se comerían entre si o consumirían a las plantas ? De repente deseché la idea. Eran seres imaginarios, sin duda, no necesitaban comer, la mujer quemada había querido asustarme o no lo había pensado bien. Había muchos árboles, arbustos, lianas y claveles del aire colgando. Hongos descomunales, parásitos extraños sobre los troncos. Estanques que parecían de mercurio. El olor también era muy peculiar, olor a vainilla por momentos, a agua de azahar el minuto siguiente y sin solución de continuidad, a praliné. El tema de las plantas merecería un libro aparte. Sus hojas y tronco tenían la textura del terciopelo. Me llamo la atención que el color predominante de las flores era negro, completamente negro. Tengo entendido que se cuentan con los dedos de una mano las flores completamente negras, que son rarísimas, muy escasas y exóticas. Sin embargo, aquí había docenas diferentes de variedades de este color. Acampanadas, orquídeas y hasta margaritas. Predominaban las rosas negras. Ya se que hay rosas que llaman “negras”, es como llamar a cierto tipo de gatos “azules”. Se trata solo de un escarlata ennegrecido. Estas eran negras como la noche más profunda. Conozco más de un jardinero que hubiera asesinado por ellas. ¿ Habría un jardinero aquí ? Estoy seguro que ustedes hace rato que vienen pensando algo. Con mis trece años, como podía permanecer en general tan tranquilo y seguro en esta aventura. En realidad, de tranquilo y seguro no tenia nada, tenia las piernas completamente contracturadas, caminaba como en zancos. Temblaba la mayor parte del tiempo. Recordaba a mis padres y se me caía una lágrima y la borraba de mi cara inmediatamente para que nadie me viera. En realidad, estaba aterrorizado. Tartamudeaba y vacilaba mucho más de lo que admitiría. Y haber llegado a este punto era casi un milagro impulsado por la necesidad. A decir verdad, había sentido la necesidad de gritar y salir corriendo en varias oportunidades. No se a dónde, a cualquier lugar fuera de allí que remotamente se asemejara a mi vida anterior. No tengo pasta de héroe, para que vamos a mentir. ¿ Por qué esta confesión si tal vez había engañado a alguno de ustedes y el resto pudiera tal vez olvidar este tema antes de terminar de leer mi relato ? Lo hice porque sino no se comprendería que ocurrió cuando me acerqué y olí una rosa negra. Digo bien olí, Graciana se negó a hacer lo mismo y luego me daría cuenta que no le hacía falta. El efecto fue embriagante. No estoy usando un eufemismo, me embriagué. Alguien me explicó alguna vez que el miedo se controla y el pavor no. A partir de este momento sentí miedo en varias ocasiones, pero nunca más sentí pavor. ¿ Han sentido la sensación de estar embriagado de uno mismo ? Es como si todas las piezas del rompecabezas se ubicaran en su lugar. Es como si uno alcanzara un sentido de mismidad. No creo que exista una palabra que pudiera describir el don que había recibido. Miré a Graciana y sentí que a ella, por sólo ser parte de la situación como espectadora, le pasaba lo mismo, por primera vez había alejado a la muñeca de su cuerpo. De ahora en adelante, a pesar de los traspiés y las dificultades, haría lo que tenía que hacer o cuanto menos lo intentaría con toda mi alma.

8

de
Febrero

3.2.

Pasemos a los animales de esta Tierra de Seres Imaginarios. Se trataban entre sí con absoluta indiferencia, cada cual absorto en su propia circunstancia. Al fin y al cabo, era una réplica inversa del zoológico que estaba en la superficie, aunque no hubiera jaulas. Pero aquí los animales no habían sido cazados con escopetas, sólo con la imaginación. Sin embargo, se veían completamente reales. Lo primero que vi fue un Ave Roc, luego supe que se llamaba así. Parecía un águila gigante y estaba atrapada entre dos árboles. Se estaba lastimando al sacudirse con furia tratando de liberarse. Nos dio mucha pena y con Graciana nos subimos a esos árboles y con mucha paciencia, apartando rama tras rama, luego de un buen rato, logro escapar. Antes de partir me miró y juro que fue telepático, aunque ustedes piensen que enloquecí, así fue. Me dijo gracias y que silbara si necesitaba algo, que vendría en mi ayuda. Un ángel se nos acercó y dijo: - Su buena obra merece una recompensa - ¿Cual es tu nombre?- pregunté - Juan y María – contestó claramente y frente a mi extrañeza agregó que dos personas que se habían amado en la tierra forman un solo ángel. Es tonto, pero pensé en mis padres. Ellos se habían amado en algún momento, antes de separarse. ¿ Conformarían un ángel algún día ?. Juan y María continuó: - Y ya que estas tan interesado en los nombres los premiaré de este modo: les diré como se llaman los seres imaginarios que nos rodean. Y entonces comenzó a enumerar, señalándolos sólo con su mirada. A bao a qu, Quimera, Liebre lunar, Escila. Catoblepas, Burak, Khumbaba. Cronos, Leucrocotas, Arpías. Continúo nombrando los animales más fabulosos que las más delirantes mentes pudieran haber febrilmente imaginado. Eran decenas y se movían en procesión, en sentido inverso a las agujas del reloj, alrededor de nuestro flotante destino. El desfile entonces, cíclico, no tendría fin. Cuando terminó de nombrar al último y el A bao a qu volvía a acercarse, calló. Graciana y yo nos miramos y lo miramos, agradecidos. Le preguntamos que podíamos darle a cambio del conocimiento que nos había entregado. Sólo nos pidió una cosa, que le contáramos un relato acerca del odio. Los ángeles son todo amor y no comprenden el odio. Supe que era momento de dar un paso al costado, zapatero a tus zapatos. Graciana se sentó sobre una roca turquesa y con la certeza de haberlo hecho en cien ocasiones antes, comenzó su relato: Cerca del Paraná, en el año 1500, los españoles fundaron el fuerte de Sancti Spiritu, aprovechándose de la docilidad de los indios Timbúes. En realidad, gran parte de esta alianza comenzó a basarse en cierto momento en que su cacique, Marangoré, quien estaba enamorado de Lucia Miranda, esposa del conquistador Sebastián Hurtado. Pero Siripo, hermano de Marangoré, lo convenció de atacar a los españoles. Es así que provocaron un incendio en el fuerte, durante el cual Marangoré murió y Siripo, ahora convertido en cacique, se apoderó de Lucía, reclamando el extermino de los conquistadores para vengar la muerte de su hermano. Yara, la india favorita de Siripo, vió sin poder hacer nada como éste se enamoraba de Lucía y comenzó a preparar sus hechizos para evitar que la situación continuara. Hurtado llegó a la tribu bajo otra identidad, pero luego de retirarse Siripo descubrió quien era en realidad y mandó matarlo. Lucía enfrentó a Siripo y le pidió que la hiera en medio de su pecho, pues allí encontraría sin dudas a su marido a quien no había dejado de amar. Cuando éste cae prisionero, ambos pudieron escapar pero Yara los descubió y Siripo ordenó que acribillaran a Hurtado a flechazos atado a un árbol y que mandaran quemar a Lucía en la hoguera. Siripo murió de tristeza luego de dar la orden y la bruja Yara, llena de odio, se comunicó con los demonios para obtener la inmortalidad y el poder necesario para consumar su doble venganza: primeramente, lanzar una maldición sobre Lucía mientras aun ardía en la hoguera, para que a pesar de las llamas ésta nunca muriera en tanto el odio siguiera haciendo latir el corazón de la bruja y que como una muerta-viva vagara castigada por toda la eternidad. Luego, exterminar a los blancos, que aunque se habían retirado del fuerte las profecías decían que en pocos años volverían para fundar la ciudad que dominaría el Río que los conquistadores llamaban De la Plata o Mar dulce. Juan y María, entre conmovido y horrorizado, agradeció y se alejó grácilmente. Nosotros debíamos continuar nuestro camino. Finalmente habíamos llegado a casi tener ese alfajor galáctico por sobre nuestras cabezas. Si las diferentes épocas estaban representadas por las capas de dos metros que parecían dulce de leche (sin duda el mayor invento de la humanidad, mejor incluso que Internet) ¿como sumergirnos en ese plasma amarronado que flotaba a más de veinte metros de altura, casi chocando con el techo de la gigantesca caverna? Y aunque pudiéramos alcanzarlo, ¿cuál de las capas elegir?. En ese momento, recordé una anécdota que me contaba mi papá cuando yo era muy chico, antes de dormir. El me contaba del descubrimiento de Troya y me decía que había muchas Troyas, varias de ellas, apiladas una sobre otra ¡ Cómo el hojaldre, ahora entiendo !. A mayor profundidad, mayor antigüedad. Hice un rápido cálculo mental. Quinientos años de ciudad, tantas capas, 1850, debía ser el antepenúltimo relleno, el de arriba del todo debía ser el mío (pero de cualquier modo no podría retornar antes de haber cumplido mi misión). Decidido esto estaba el problema mayor. ¿ Cómo subir ? Recordé el ofrecimiento del Ave Roc y me llevé los dedos a la boca y silbé ruidosamente. María se dio cuenta de lo que me proponía y quiso alejarse pero era tarde para ella, yo estaba completamente determinado. Tomé su mano y un segundo después la enorme ave nos había elevado con sus garras asiéndose de nuestros hombros. Intenté señalar la capa que creía correcta, no se si el ave lo vió, pero con un balanceo nos arrojó violentamente contra el plasma.

8

de
Febrero

4.0.

Capítulo IV: La Trinidad Caímos contra el suelo polvoriento de una cueva. Cuando salimos, la luz del sol nos lastimaba los ojos. Al levantar la vista, presentí que algo estaba mal. Al mirar a Graciana y ver su expresión lo confirmé. - Esta no es mi Buenos Aires pero tampoco es la tuya…- dije, con decepción. - Esta es La Trinidad, la pequeña aldea de Juan de Garay – completó Graciana, entre el miedo y el asombro – nos equivocamos por 250 años… debemos ser prudentes, espera un momento. Graciana se dirigió sigilosamente hasta la vera del río, donde había varias mujeres negras lavando ropa y “tomó prestadas” (según me diría más tarde) algunas ropas. Las de varón eran bastante lujosas. Las de mujer, similares a las de las lavanderas. Ella se cambió dentro de la cueva y me sugirió que me cambiara tras unos matorrales. Luego nos dirigimos al poblado. No había fosos, empalizadas, puertas ni centinelas. Se veía gente de todas las condiciones sociales yendo a buscar agua al río con vasijas Algunos jinetes dentro de la ciudad, pocas carretas, unos pocos peatones. No había carrozas; lo mas lujoso fue ver una silla de manos en la cual unos esclavos conducían a su ama a la iglesia o de visita a algún lado. El viento alzaba constantemente nubes de polvo, aunque en muchos lugares había lodazales, seguramente formados con la lluvia, muchos de ellos verdaderos pantanos. La tierra de las calles estaba floja, removida por animales que circulaban y con huellas de carretas arrastradas por bueyes, que usaban ruedas chirriantes con llantas de madera envueltas en lonjas de cuero crudo. Mientras caminábamos vimos que algunas se trababan y el conductor debía bajar toda la carga pacientemente hasta poder hacerla avanzar. Había también cadáveres de animales en descomposición, jaurías perros cimarrones, caranchos, chimangos, emanaciones odoríficas de aguas servidas y mosquitos por doquier. Caballos, cerdos y ovejas estaban sueltos, pastando en las calles y huecos y entrando a los templos que tenían sus puertas siempre abiertos. Abundaban los cardales y malezas. Los ranchos eran de barro y paja, salvo algunos mejores que eran de adobe, techados con caña y totora sostenidos por palmas del Paraguay contra las que peligrosamente chocaban las cabezas de los jinetes y carreteros. Se veían pocos herrajes y techos de tejas y exteriores blanqueados, casi ningún vidrio. Las precarias viviendas tenían plantas y frutales y contaban con corral para aves, cerdos y caballos; muchas de ellas tenían una especie de cortina de cuero cerrando las entradas y cercos con enredaderas a la manera de medianeras. Podía verse que la gente alegraba el interior de las moradas con flores y vegetación, tratando de suplir la falta de decoración y el mobiliario escaso Noté que la gente nos miraba con extrañeza y curiosidad; Graciana había solucionado el tema de la ropa pero no así nuestra condición de forasteros. Muchos de ellos se encontraban tomando mate. De repente, comenzaron a ocultar la yerba y a huir en todas direcciones. Parecía que se estuviera por desatar un huracán o hubieran visto al mismo diablo. Fue entonces que vimos aproximarse a dos peculiares personajes; uno lujosamente ataviado, rechoncho y barbudo, que caminaba con gran soltura. Otro lo seguía, flacucho y encorvado, sosteniendo con una mano un estandarte en el cual había una bandera con un escudo compuesto por águila negra coronada con cuatro pichones a sus pies, el cual elevaba una cruz rojo sangrienta en lo alto. En la otra mano cargaba infinidad de pergaminos –algunos se le iban cayendo-, tintero y pluma. - Soy Diego Marín Negrón, Gobernador del Río de la Plata – se presentó el rechoncho – éste es mi secretario López – el susodicho asentía servilmente tras la pila de papeles – y le damos la bienvenida a la Trinidad. ¿Quiénes sois? - Mi nombre es Axel y ella es Graciana - Anote López, para los registros, A-jel - Axel - Ajel, claro - Permítame, dije y le arrebaté nervioso un pergamino y la pluma entintada a López. Axel, escribí - Ajel, lo que yo estaba diciendo – vio entonces el gobernador que me daba por vencido - ¿Desde dónde habéis venido vosotros ? - Deeeee, deeee – miré nerviosamente a Graciana – deeee…. - Asunción – completó Graciana y me pareció que lo mejor era, en adelante, dejarla hablar a ella. - Asunción, la hermosa Asunción. Asunción es hermosa, verdad López ? - Hermosa, hermosa, hermosísima. - Lamento que hayan sido testigos de un triste espectáculo apenas llegados. Los moradores de la Trinidad han sucumbido a un vicio abominable, la costumbre de tomar mate. En los últimos días la mayor parte de la gente ha tenido dolores de cabeza, vómitos, dolor de estómago, erupciones y se debe sin duda al mate. Se trata de un vicio sucio, ¿verdad López? - Sucio, sucio, muy sucio – repetía López como letanía - Tomar mate hace a los hombres holgazanes, que es total ruina de la tierra, y como es tan grande, temo que no se podrá quitar si Dios no lo hace. ¿Qué debemos hacer López, que debemos hacer ? - ¿Que debemos hacer? – decía López imitando el gesto de su jefe - Un bando prohibiendo la costumbre o una carta a Su Majestad el Rey, informándole de este infortunio. - Si su Excelencia, si su Excelencia – decía López mientras dejaba caer el estandarte de la ciudad en una zanja y mientras trataba de tomar pluma y tintero los papeles volaban en remolino a su alrededor – ¡Que vecinos y moradores no tomen mate! - No lo diga, López, escríbalo – refunfuñó el gobernador. - Si, si, si, si. - Mis amigos, debemos dejarlos. El gobierno es una tarea que insume las 24 horas del día. Las 800 almas que pueblan La Trinidad lo merecen - Ochocientas ? - pregunté - Ochocientas aunque no lo crean. La Trinidad ha crecido muchísimo en los últimos años – Tenemos Cabildo, dos alcaldes y seis regidores, mas funcionarios especiales. Todos bajo control del Consejo de Indias, del Virrey del Perú, de la Audiencia de Charcas - dijo el gobernador y comenzó a alejarse - Gobernador, gobernador, que día exactamente es hoy y de que año? – preguntó Graciana a los gritos - ¡Qué extraña pregunta! Viernes 31 de Octubre de 1611, naturalmente – y entonces si, el gobernador y su secretario se alejaron. Graciana y yo nos miramos a los ojos desconcertados, cuando escuchamos una voz a nuestras espaldas.

8

de
Febrero

4.1.

- Y con luna llena… – dijo una voz de mujer anciana. Nos dimos vuelta y, efectivamente, había una anciana vestida de negro acompañada de una mujer enana mucho mas joven, renga y estrábica, también vestida de negro. - Sabbath, Sabbath – dijo la enana - Calla, Estevania – dijo la vieja - Mi nombre es Endroto. ¿Ustedes acaban de llegar? ¿Se sienten bien? - Yo me siento bien. ¿Tu Graciana? - Muy bien. ¿Por qué lo pregunta? - Porque hay mucha gente sufriendo aquí de begizko, como se dice - Mal de ollo, mal de ollo, salvo las que tomamos antídoto – repetía frenética Estevania dando vueltas alrededor de nosotros. - Yo no creo en brujerías – dije con falsa seguridad – y ustedes, al igual que nosotros, no parecen ser de aquí. - Eres muy perspicaz joven - dijo Endroto – aunque sería prudente que no hablaras de cosas que no entiendes – recomendó mientras miraba con fijeza la muñeca de Graciana. Yo nací en Zugarramurdi, al noroeste de Navarra. En Logroño el año pasado hubo un auto de fe en el que se quemaron a seis brujas ante 20.000 personas… - Pero una de las brujas no era la verdadera sino una pobre infeliz que la reemplazó…- interrumpió Estevania, aunque detuvo el comentario cuando la mirada de Endroto se le clavó como un par de cuchillos en medio de la frente. - Debemos irnos, tenemos cosas que hacer, estamos invitando a unas amigas a reunirnos en el éjido esta medianoche, si lo desean nos encantaría verlos allí – dijo Endroto y tomó a Estevania de sus ropas y se la llevó arrastrando. Graciana me miró preocupada y comenzó a hablar. - Esas eran brujas Azel, puedo sentirlo. Harán un aquelarre esta noche, ya le han dado mal de ojo a todos los vecinos y moradores. Están preparando algo muy malo y debemos detenerlos. Vayamos donde mi gente, escuche a las lavanderas que cuando cayera el sol se reunirían a bailar y tocar música cerca del río. Ellos nos ayudarán. Cuando llegamos al lugar, la reunión estaba bastante animada a pesar de no ser demasiados, y tocaban sus instrumentos de percusión y algunas mujeres bailaban y reían y servían comida. - Graciana, esto es un quilombo – dije, espontáneamente y sin pensar. - No Azel. Un quilombo era un grupo de negros escapados hacia la selva que recuperaban las costumbres africanas; - y al decir esto vio mi cara de asombro, pero continuó con seguridad- esto es solo una reunión de pacíficos esclavos que en un rato volverán con sus amos. - Graciana, ¿Es posible que tu tengas antepasados blancos? – la verdad, no se por qué pregunté esto. Tal vez porque al verla junto a estos esclavos noté que su piel era levemente más clara. - Durante la colonia se llegaron a clasificar más de cien tipos humanos dentro del esquema de castas. Un español con una india procreaba una mestiza, pero una mestiza con un español daba lugar a una castiza. Un español con negra, producía un mulato , pero un blanco con multa, un morisco. Un blanco con morisca, un albino. Un indio con mestiza, coyote. Negro con india, lobo. Lobo con india, zambaigo. La lista es interminable. Lo peor es que esta clasificación en castas no hacía más que apartarlos y evitar que se integraran, no hacía más que discriminarlos y promover en ellos el deseo de “blanquearse” a cualquier precio. - Lo bueno es que aquí por lo menos, se los trataba bastante bien a los esclavos. - Azel, esto es lo que pasaba en realidad. Antes de comenzar la travesía en África, a los esclavos se les marcaba con un hierro al rojo con la marca del negrero o de la compañía negrera, a los hombres en los omoplatos y a las mujeres en las nalgas. Se producían entonces suicidios, huídas, amotinamientos. Se los alojaba en las bodegas, casi sin espacio y sin ningún tipo de instalación sanitaria. Engrillados, desnudos sobre tablas de madera sin cepillar movidas por el oleaje, se causaba heridas permanentemente y esto les dejaba los huesos al descubierto. Sufrían también reiterados castigos aplicados con látigos de nueve ramales con nudos en las puntas, lo que les provocaba cicatrices y lesiones oculares. Comían poco y mal y enfermaban de viruela, fiebre amarilla, sarna, escorbuto, lepra, disentería y otras enfermedades. Castigos con látigos con nudos en las puntas con nueve ramales. Apenas llegados al puerto se los marcaba al hierro nuevamente con un procedimiento llamado carimba. Y si alguien cree que aquí se los trataba mucho mejor, solo basta con mirar un inventario de cualquier estancia adjunto al testamento de su poseedor dueño de esclavos. Descriptos con la exactitud con la que se detalla el estado de cualquier herramienta, se da cuenta de las penurias por las que pasaron, incluyendo a los esclavos ya nacidos aquí. No crean que por ser esclavos domésticos podrán en todos los casos librarse de estos castigos frecuentes.

Older Posts »

Report abuse Close
Am I a spambot? yes definately
http://bajolaciudad.blog.terra.com.ar
 
 
 
Thank you Close

Tu denuncia ha sido enviada.

La misma será procesada para tomar las medidas correctas. Esperamos que continues participando y haciendo crecer al servicio de Terra Blog.